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DORIS GIBSON PARRA Y FRANCISCO IGARTUA ROVIRA

DORIS GIBSON PARRA Y FRANCISCO IGARTUA ROVIRA
FRANCISCO IGARTUA CON DORIS GIBSON, PIEZA CLAVE EN LA FUNDACION DE OIGA, EN 1950 CONFUNDARIAN CARETAS.

«También la providencia fue bondadosa conmigo, al haberme permitido -poniendo a parte estos años que acabo de relatar- escribir siempre en periódicos de mi propiedad, sin atadura alguna, tomando los riesgos y las decisiones dictadas por mi conciencia en el tono en que se me iba la pluma, no siempre dentro de la mesura que tanto gusta a la gente limeña. Fundé Caretas y Oiga, aunque ésta tuvo un primer nacimiento en noviembre de 1948, ocasión en la que también conté con la ayuda decisiva de Doris Gibson, mi socia, mi colaboradora, mi compañera, mi sostén en Caretas, que apareció el año 50. Pero éste es asunto que he tocado ampliamente en un ensayo sobre la prensa revisteril que publiqué años atrás y que, quién sabe, reaparezca en esta edición con algunas enmiendas y añadiduras». FRANCISCO IGARTUA - «ANDANZAS DE UN PERIODISTA MÁS DE 50 AÑOS DE LUCHA EN EL PERÚ - OIGA 9 DE NOVIEMBRE DE 1992»

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«Cierra Oiga para no prostituir sus banderas, o sea sus ideales que fueron y son de los peruanos amantes de las libertades cívicas, de la democracia y de la tolerancia, aunque seamos intolerantes contra la corrupción, con el juego sucio de los gobernantes y de sus autoridades. El pecado de la revista, su pecado mayor, fue quien sabe ser intransigente con su verdad» FRANCISCO IGARTUA – «ADIÓS CON LA SATISFACCIÓN DE NO HABER CLAUDICADO», EDITORIAL «ADIÓS AMIGOS Y ENEMIGOS», OIGA 5 DE SEPTIEMBRE DE 1995

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LIMAKO ARANTZAZU EUZKO ETXEA - CENTRO VASCO PERU

LIMAKO ARANTZAZU EUZKO ETXEA - CENTRO VASCO PERU
UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO

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«Siendo la paz el más difícil y, a la vez, el supremo anhelo de los pueblos, las delegaciones presentes en este Segundo Congreso de las Colectividades Vascas, con la serena perspectiva que da la distancia, respaldan a la sociedad vasca, al Gobierno de Euskadi y a las demás instituciones vascas en su empeño por llevar adelante el proceso de paz ya iniciado y en el que todos estamos comprometidos.» FRANCISCO IGARTUA - TEXTO SOMETIDO A LA APROBACION DE LA ASAMBLEA Y QUE FUE APROBADO POR UNANIMIDAD - VITORIA-GASTEIZ, 27 DE OCTUBRE DE 1999.

«Muchos más ejemplos del particularismo vasco, de la identidad euskaldun, se pueden extraer de la lectura de estos ajados documentos americanos, pero el espacio, tirano del periodismo, me obliga a concluir y lo hago con un reclamo cara al futuro. Identidad significa afirmación de lo propio y no agresión a la otredad, afirmación actualizada-repito actualizada- de tradiciones que enriquecen la salud de los pueblos y naciones y las pluralidades del ser humano. No se hace patria odiando a los otros, cerrándonos, sino integrando al sentir, a la vivencia de la comunidad euskaldun, la pluralidad del ser vasco. Por ejemplo, asumiendo como propio -porque lo es- el pensamiento de las grandes personalidades vascas, incluido el de los que han sido reacios al Bizcaitarrismo como es el caso de Unamuno, Baroja, Maeztu, figuras universales y profundamente vascas, tanto que don Miguel se preciaba de serlo afirmando «y yo lo soy puro, por los dieciséis costados». Lo decía con el mismo espíritu con el que los vascos en 1612, comenzaban a reunirse en Euskaletxeak aquí en América» - FRANCISCO IGARTUA - AMERICA Y LAS EUSKALETXEAK - EUSKONEWS & MEDIA 72.ZBK 24-31 DE MARZO 2000

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martes, 9 de julio de 2013

LA TERCERA

Por José Victorino Lastarria

El Ministro Portales no se había preocupado demasiado con la expedición. Otra idea antigua en su mente le había dominado, la idea de llevar la guerra al Perú, como un medio de ocupar útilmente la atención de los chilenos, afianzando el poder de su partido y llenando la esperanza que abrigaba de poner orden en aquella república, como creía haberlo puesto en Chile. Los triunfos de Santa Cruz le habían alarmado, la organización de la confederación Perú-Boliviana le infundía temores por la suerte de los estados débiles que iban a quedar alrededor de aquel coloso, la pretensión de hacer un puerto de depósitos en Arica le preocupaba por el porvenir de Valparaíso, la injustificable suspensión decretada por Orbegoso del tratado de Chile con el Perú, que había ratificado el gobierno de Salaverri en enero de 1835, y la expedición de los chilenos expatriados le habían irritado. Portales dejaba de ser un simple mandón: las circunstancias habían despertado su patriotismo y le convertían ya en hombre de Estado, que extendía sus miras mas allá de su gobierno, que salía de la órbita estrecha de un tiranuelo y aspiraba a mantener la dignidad de su patria. Una nueva faz de su vida pública empieza aquí, y en ella se manifiesta, más activo, más fecundo, más atrevido, que cuando se ocupaba solamente en perseguir liberales, como que la política exterior le presenta un campo más franco a su arbitrariedad.
El 13 de agosto, cuando zarpaba la Monteagudo para Chiloé, salía también muy secretamente para el Callao la Colocolo y el Aquiles, al comando de don Victorino Garrido, con la orden de apoderarse de los buques de guerra peruanos que encontraran, a fin de retenerlos como prenda de paz, hasta que nuestro gobierno recibiera del de aquella nación las explicaciones y reparaciones adecuadas a la ofensa que le había hecho, amparando la expedición del general Freire.
Al mismo tiempo se promulgaba la ley de navegación, y se sancionaba la de 16 de agosto, autorizando al Presidente de la República para aumentar la fuerza naval con seis buques más, o con mayor número si con acuerdo del Consejo de Estado juzgase haber motivo o temor de guerra; y a más facultándole para levantar un empréstito de cuatrocientos mil pesos para llenar el presupuesto de marina. El Ministro Portales tomaba a su cargo levantar este empréstito, repartía esquelas y empeñaba en ello todas sus relaciones y valimiento. En el ministerio y entre sus agentes íntimos se notaba una actividad inusitada. El periódico oficial escribía largos y bien dispuestos artículos para probar que el gobierno peruano había mandado la expedición de los chilenos contra nuestra independencia. El gobierno activaba el juicio formado contra los expedicionarios y mandaba igualmente formar otro acusando de alta traición a los que habían hecho en ese tiempo un préstamo al general Rivaguero, ministro de Orbegoso, porque se suponía que el dinero prestado había sido destinado a la expedición.
En el Callao sucedían en la misma época acontecimientos singulares. El Aquiles había llegado allí el 21, dejando a la Colocolo en Arica, y a las doce de la noche echaba al agua ochenta hombres en cinco botes bajo la dirección del capitán Angulo, los cuales tomaron sucesivamente al abordaje, pero sin resistencia, y de sorpresa, la corbeta Santa Cruz, el bergantín Arequipeño y la goleta Peruana, únicos buques de la escuadra del Perú que había allí en estado de servicio y cuyas tripulaciones gozaban a esas horas del sueño más tranquilo que puede un militar tomar en el seno de la paz. A las dos de la mañana, esa nueva escuadra de Chile estaba fondeada fuera de tiro de cañón, y más tarde su comandante oficiaba al gobierno peruano diciéndole que su inexplicable conducta había obligado al de Chile a tomar por su propia defensa aquellas medidas, para retener los buques como prenda de paz y devolverlos quizá, si se le daban satisfacciones suficientes. Al mismo tiempo entregaba a los oficiales y marineros que no habían querido continuar en los buques apresados, sirviendo a Chile, y pedía que se permitiera embarcarse al Encargado de Negocios y demás chilenos que desearan salir del Perú.
Santa Cruz estaba ya en Lima de Gran Protector de la Confederación, que acababa de quedar definitivamente constituida por la asamblea de Huaura, y su primera providencia fue la de aprisionar al Encargado de Negocios de Chile, y embargar tres buques mercantes chilenos. Pero muy pocos minutos después dio libertad al primero y cambió enteramente de actitud, procurando entenderse pacíficamente con el encargado de las fuerzas navales de Chile, con quien a los pocos días celebró una esponción, dejándole retirarse con los buques apresados, con tal de que no continuase sus hostilidades. Santa Cruz no quería la guerra, y persuadido de que necesitaba primero organizar la Confederación, comenzó desde entonces a procurarse un arreglo por las vías diplomáticas con el gobierno de Chile, que obstinado en lo contrario, negó redondamente su aprobación a la esponción.
La guerra estaba ya resuelta en el ánimo del gobierno, y el apresamiento de los buques, ejecutado sin reclamaciones anteriores y sin las condiciones de cortesía y diplomacia que el derecho hace precisas, era una prueba concluyente de ello, porque era una hostilidad que solo podía justificarse por el estado de guerra. Nuestro ministro en el Perú se había limitado a reclamar que se formase una sumaria indagatoria para averiguar quiénes habían formado la expedición de los chilenos, y negándose a ello el encargado de las relaciones exteriores del Perú, se había debatido largamente el reclamo, sin pasar adelante y sin reclamar en forma sobre la expedición. Pero el ministro Portales no entendía de fórmulas, ni se sujetaba a las reglas del derecho: él repetía que Chile era la Inglaterra de América y que por consiguiente no debía profesar más derecho de gentes que la fuerza, ni necesitaba de más declaraciones de guerra para castigar al gobierno peruano.
Aquel acto de filibusterismo, que cometido por los norte-americanos habría espantado al mundo y nos habría autorizado para llamarlos piratas, elevó la dotación de la escuadra chilena a ocho buques, sin necesidad de invertir el empréstito levantado: cinco de ellos eran peruanos, la Monteagudo, el Orbegoso, la Santa Cruz, el Arequipeño y la Peruana, y a los tres meses se aumentó este número con la corbeta Libertad, que arrancada por dos de sus oficiales del poder de sus jefes, desertó y vino a ponerse al servicio de Chile. El gobierno premió esta defección tan provechosa, tal vez con más liberalidad que la de los marineros de la Monteagudo, a quienes por ley de 6 de septiembre, se dieron seis mil pesos de gratificación, a más de quinientos a cada uno de los cabecillas Rojas y Zapata, a los cuales también se concedió una pensión vitalicia de doscientos pesos anuales.
Los últimos meses de 1836 fueron para el ministerio de gran laboriosidad. El de relaciones exteriores empeñó con el plenipotenciario de la Confederación Perú-Boliviana una larga y prolija discusión diplomática sobre las complicaciones que traían divididos a los dos gobiernos; el del interior propuso al congreso el proyecto de ley del régimen interior y el de procedimientos judiciales en causas ejecutivas, y dio varios decretos relativos a la administración de justicia; el de hacienda se consagró a la reglamentación de la ley de reconocimiento de la deuda interior y a la de varios negociados de rentas: y el de guerra a la organización de las fuerzas navales y terrestres, de un modo imponente y calculado para inspirar serios temores al futuro enemigo.
El 10 de octubre, pendiente aún la discusión diplomática, y como si el gobierno de la Confederación no se empeñase, como se empeñaba, en arreglar la cuestión pacíficamente, sometiéndola a un arbitraje, se promulgó la ley que autorizaba al Presidente “Para que en caso de no obtener reparaciones adecuadas a los agravios que el Perú había inferido a Chile, bajo condiciones que afianzasen la independencia de esta República, declarase la guerra al gobierno de aquella, haciendo presente a todas las naciones la justicia de los motivos que obligaban al pueblo chileno a tocar este último recurso, después de estar colmada la medida de los sacrificios que había consagrado a la conservación de la paz”. Esta ley era un verdadero ultimátum, cuya notificación se encargó a un ministro diplomático, don Mariano Egaña, que marchó al Perú escoltado por la escuadra nacional, y que declaró efectivamente la guerra. El congreso ratificó esta declaración en ley de 26 de diciembre de 1836, fundándose en que el Presidente de Bolivia, detentador injusto de la soberanía del Perú, amenazaba la independencia de las demás repúblicas Sudamericanas; en que el gobierno peruano, colocado de hecho bajo la influencia de Santa Cruz había consentido, en medio de la paz, la invasión del territorio por un armamento de buques peruanos destinados a introducir la discordia y la guerra civil en Chile; y en que el general Santa Cruz había vejado, contra el derecho de gentes, la persona del ministro público chileno.
No cabe en nuestro propósito hacer la historia de aquella guerra, que es tarea de largo aliento y que por otra parte sale de los límites de la época del hombre público que tratamos de juzgar. El Ministro Portales la concibió y la emprendió con un atrevimiento de que no hay ejemplo entre los políticos mediocres que han regido la República después de los fundadores de la independencia; y aunque en un tiempo no fue la empresa aceptada por la opinión pública, ni tuvo él la fortuna de consumarla y de hacerla aceptar, empeñando el orgullo nacional, forma ella sin embargo su gloria y el mejor testimonio de la energía de su carácter y de la fecundidad de esa inteligencia clara que había recibido del cielo para hacer la felicidad de su patria, si las pasiones políticas no lo hubiesen extraviado en el sentido de la arbitrariedad y del despotismo. La historia, que le considera como una víctima de tan funesto extravío, debe también reconocer la gloria que conquisto en sus últimos días.

José Victorino Lastarria. Don Diego Portales. Juicio Histórico: 11. Capítulo: XI. Pág. 11 de 14
Archivo Fondo Editorial Revista Oiga
Archivo Francisco Igartua Rovira
Archivo General Ilustre Hermandad Vascongada de Nuestra Señora de Aránzazu de Lima
Archivo General Ilustre Cofradia Vascongada de Nuestra Señora de Aránzazu de Peru

domingo, 18 de noviembre de 2012

HERMANDAD DE NUESTRA SEÑORA DE ARANTZAZU DE LIMA 1612-2012


LA TERCERA


En la guerra del pacifico, circulaban libremente, se alojaban en casas, comían en un hotel y recibían visitas en la estación de trenes. Quizás el buen trato hizo que sólo uno se fugara.

por Roberto Farías

¿Aló, familia Burucúa? ¿Son ustedes descendientes de un médico peruano?” Este curioso llamado, recuerdan en esa familia, que son los únicos Burucúa de la guía, se ha producido ya varias veces. La penúltima, hace unos años, cuando en 2003 un tataranieto del héroe peruano de la Guerra del Pacífico, Leoncio Prado, buscaba antecedentes de su paso por Chile. Específicamente de su estancia como prisionero en la comuna de San Bernardo.

¿Y por qué acudir a los Burucúa? Porque Bernardo Burucúa, médico del Ejército peruano, fue -junto a Fernando Rivera- uno de los destacados prisioneros peruanos que se quedaron a vivir en Chile y su descendencia podría tener información. Estando preso, Burucúa trabajó como médico en el Hospital Parroquial de San Bernardo. Dejó tan buena impresión, que no quiso repatriarse, se integró a la vida social y se casó acá. Su nombre figura entre los fundadores del cuerpo de bomberos en 1903. “Fue un miembro activo de la política local y sólo en alguna ocasión le sacaron en cara su pasado como prisionero de guerra”, recuerda el profesor de historia Carlos Besoaín. “Pero Burucúa al parecer no dejó descendencia. Ni siquiera sus restos están en el cementerio local”, afirma. Y los Burucúa de la guía son descendientes vascos directos.

La búsqueda del descendiente de Prado le permitió a Besosaín hurgar en la estadía de los prisioneros de guerra en San Bernardo.

Había sido tal la conmoción que despertó el Combate Naval de Iquique que, cuando el 8 de octubre se capturó el Huáscar en el Combate de Angamos, los 16 sobrevivientes peruanos recibieron en Chile trato de héroes y fueron encarcelados en condiciones especiales. Entre ellos iba Mariano Portales, quien disparó a Prat y Pedro Gárezon Thomas, el último en comandar el Huáscar muerto Grau. Se les embarcó en el buque Blanco Encalada a Antofagasta y luego en el Copiapó a Valparaíso. Mientras en Santiago, el coronel chileno Antonio Bustamante tenía la misión de encontrar una casaquinta en San Bernardo -por estar cerca de Santiago- para alojar a los prisioneros. La encontró en calle Freire 24, a media cuadra de la plaza donde hoy hay un edificio comercial.

Las cartas de los prisioneros revelan el viaje. Escribe Fermín Diez Canseco con la ortografía de la época: “A bordo del Copiapó, Mejillones, 9 de octubre. Mi adorada mamá. Estoi prisionero; no sé dónde me llevarán, pero supongo que a Valparaíso. Consuélese i crea usted que a cada instante pienso en todos”. El guardiamarina Francisco Retes escribió posteriormente: “San Bernardo, 15 de octubre de 1879. Querida mamá, anoche llegamos a esta pequeña población situada a muy corta distancia de Santiago, en donde estamos perfectamente alojados en una casa huerta. Espero por el gobierno y recibiendo las mayores atenciones de parte de los encargados de cuidarnos”.

En el diario El Maipo del 9 de noviembre de 1879 relata el buen vivir que tenían los 16 prisioneros: “Podían levantarse a cualquier hora dentro de la mañana, hasta que se les llamaba a almorzar en el Hotel Bolívar. Podían circular hasta la plaza. En la tarde algunos leían y otros recibían visitas de la capital, de familias que tenían conocidos en Lima. A las cinco y media se les llamaba a comer. Luego llega la noche y con ella cierta tristeza que algunos disipan jugando al billar en el hotel vecino”.

A comienzos de noviembre de 1879 se acordó un canje de prisioneros con Perú. Un mes después, el 3 de diciembre arribaban a Valparaíso los prisioneros de la Esmeralda que fueron recibidos como héroes. El 30 de diciembre llegaron los marinos peruanos a Callao, pero no recibieron el mismo trato. El nuevo Presidente Nicolás Piérola les negó honores oficiales y les impuso un sumario por la pérdida del Huáscar.

Mauricio Pelayo, un investigador autodidacta y coleccionista de la Guerra del Pacífico, creó el sitio web www.chiletumemoria.cl donde uno puede rastrear 80 mil nombres de soldados de la Guerra del Pacífico chilenos. Relata algo más de los prisioneros peruanos. “Como la Guerra continuó y se extendió hacia más al norte”, explica Pelayo, “muchos prisioneros de la Campañas de Tacna y Arica fueron enviados a San Bernardo. Nuevamente la localidad al sur de Santiago recibió a muchos militares peruanos. Sin embargo, en esta oportunidad los prisioneros no llegaron a un cuartel, morada o edificio específico, sino que se les alojó en las viviendas de distintas familias de la villa. Cada hogar recibió una asignación mensual por parte del gobierno, la cual alcanzaba a 23 pesos por cada persona hospedada”. Entre ellos venía Leoncio Prado, el héroe, que fue tomado prisionero en Tarata, en la sierra peruana en 1880. Estuvo en Chile dos años, hasta que en 1882 y para ser repatriado, juró no volver a tomar las armas contra Chile. Sin embargo, lo hizo y en la batalla de Huamachuco fue herido y capturado. Estando en prisión en la sierra contrajo tisis y dice el mito que fue fusilado en su cama.

Según Mauricio Pelayo, el único prisionero que se fugó de San Bernardo fue el comandante peruano Erasmo Cornejo.

El profesor Carlos Besoaín calcula que los prisioneros alojados en San Bernardo llegaron a ser entre 350 y 600. No siempre todo fue pacífico. Algunos no fueron aceptados en las casas por borrachos y revoltosos. Otros agradecieron el delicado cautiverio.

La mayoría de los presos fueron repatriados en 1883 cuando terminó la guerra. El único rastro actual de esa historia fue que en la década del 80 se abrió un pasaje en San Bernardo llamado Doctor Burucúa. Nada más.

sábado, 17 de noviembre de 2012

HERMANDAD DE NUESTRA SEÑORA DE ARANTZAZU DE LIMA 1612-2012


MUNDIAL
23 de julio de 1921
N° 321

El valiente marino argentino Barraza, que en un banquete de chilenos, brindo por Miguel Grau

LA HIDALGA ACTITUD DE UN ARGENTINO

El año de 1899 ocurrió un incidente en Chile, que produjo intensa emoción en Lima y que nos es grato rememorar en estos días de ferverosa evocación patriótica y a la vez simpatía por la República de Argentina que de San Martin a Sáenz Peña y Tassi, ha revelado siempre su amor por el Perú. Un marino argentino apellidado Barraza, brindo en Valparaíso por Grau, nuestro héroe representativo de la guerra con Chile, produciendo el más vivo sentimiento de gratitud en el Perú. 

Llegados a Lima los ecos de tan hidalga actitud, el poeta don Elías Alzamora escribió para “El Perú Ilustrado”, unos versos circunstanciales, que reproducimos con la información que la prensa chilena dio de tan curioso incidente. Don Elías Alzamora, el autor del fresco poema “La Rabona” dejo las musas hace muchísimo tiempo. Hoy reposado por los años, ejerce un alto cargo en la Sociedad de Beneficencia de Lima, en la que es archivo viviente y ejemplarizador auxiliar en las labores de tan importante oficina. Sin embargo de lo prosaico de sus actuales ocupaciones estamos seguros que don Elías Alzamora sienta la nostalgia de sus tiempos de bohemia romántica y justo es al recordar la hidalga actitud del generoso marino del Plata, que recordemos también a en quien, entre nosotros, lo ensalzo en versos de encendido patriotismo y de caballeresco y emocional reconocimiento.

He aquí la información y los versos de Alzamora:

Brindis por Miguel Grau

En “El Heraldo” de Valparaíso, fecha 25 de febrero de 1889, encontramos lo siguiente:

Habíamos guardo silencio acerca de un incidente que ocurrió en el Club Valparaíso, por respeto a nosotros mismos, pero ya que él ha salido de los linderos de la conversación no podemos resistir a trascribir un suelto que acerca de ese suceso encontramos en un diario de Santiago: Dice “El Independiente”.

“Decía, pues, que el cónsul argentino ofreció una comida a la oficialidad de la cañonera, a la cual no asistieron los jefes de nuestra marina, que habían sido invitados, pero a la cual asistió el Comandante General.

En ella se gastaron las mismas cariñosas atenciones, la misma franca cordialidad, la misma fraternidad abierta, que han encontrado nuestros huéspedes desde que entraron por primera vez en aguas chilenas, al fondear en Punta Arenas, y que han encontrado después en Talcahuano y en Valparaíso. Cuando se retiraron  de la mesa del Cónsul, uno de los presentes propuso ir a vaciar la última copa de champaña al Club Valparaíso, el centro social más escogido tal vez de nuestra ciudad.

Aceptada la invitación, se dirigieron todos al club, donde los marinos argentinos fueron presentados a los que allí estaban, y donde se les atendió con la misma galantería, mientras se preparaba rápidamente la cena.

Una vez en el comedor, y llenadas las copas de champaña, el caballero invitante propuso vaciarlas en homenaje a un gran guerrero americano que simbolizaba la fraternidad Chile y Argentina, y cuyo nombre glorioso que vivirá siempre en la historia y en el corazón de los dos pueblos, seria perpetuo lazo de unión para ambos: en homenaje al General San Martin.

Como se ve, ningún recuerdo podía ser más cortes y más oportuno en aquellos momentos en que se festejaba a oficiales de guerra argentinos. Se evocaba  una gran figura de una epopeya común a Chile y aquella república, y se colocaba asa, en momentos de expansión y de afecto, a chilenos y argentinos a la luz fraternal de una gloria común.

Levantándose para contestar el brindis uno de los marinos argentinos, pidió una copa por otra figura inmortal de la historia americana:

- “Por un héroe legendario, cuya gloria bastaba por si sola para dar honor aun continente, por un marino que debió alumbrar al mismo océano en la reciente guerra del Pacifico, por uno de esos guerreros sublimes ante los cuales el sentimiento de la nacionalidad desaparece para dejar solo en el alma el sentimiento de a admiración.

Todos veían ya brillar en los labios del marino argentino el nombre de Prat y con la copa levantada esperaban que fuese pronunciado ese nombre augusto y querido para dar expansión a los sentimientos generosos del entusiasmo y de la fraternidad…

Por un héroe eminentemente americano, continuo el marino argentino; por el inmortal marino a quien todos los que seguimos la carrera del mar debemos tomar como ejemplo y como modelo; Señores, por Miguel Grau!”.

Difícil seria pintar la impresión que causaron estas palabras; una bomba que hubiese estallado en medio de la sala no habría producido un movimiento igual de estupor. Las copas volvieron a caer llenas sobre la meza, y pasado el primer momento de asombro que casi no había dejado lugar a la indignación, circulo naturalmente por los asientos un aire amenazador, duramente reprimido por el hidalgo sentimiento de encontrarse los ofendidos dentro de su propia casa.

 El mismo comandante argentino quedo sorprendido de la inesperada salida de su oficial y notando la impresión desastrosa que sus palabras habían producido, trato de salvar aquella situación imposible:

-         Señor, dijo, mi compañero se ha equivocado sin duda; poco habituado a los nombres a confundido seguramente el de Grau con el de Prat; su intención ha sido pedirnos una copa por Arturo Prat.

La explicación no era excesivamente aceptable; pero el autor del brindis se encargo de poner en claro las cosas:

-         No, Señores, insistió; he dicho Miguel Grau, y no me he equivocado; mi intención ha sido beber una copa por Miguel Grau.

Aquello paso de los límites de lo posible. Con secas y breves palabras de protesta, todos se retiraron de la sala. Era el único camino que quedaba sino quería darse a esa absurda escena un desenlace sangriento. La cadena de la hospitalidad ato muchos brazos que en otras circunstancias se habrían levantado como el rayo en pos de la ofensa”.


GRATITUD
Al marino argentino que brindo en
Chile por Miguel Grau.

No conozco todavía
Ni tú nombre ni tu acento,
Y por ti entusiasta siento
La más grande simpatía.
Yo  anhelo que llegue el día
De verte en mis patrios lares,
Y entre tanto mis cantares
Te envió, noble marino;
En cuyo pecho adivino
La grandeza de los mares.

Tú que has cruzado el Océano
Teñido en la sangre ardiente
De ese marino valiente
Que honro el mundo americano;
Sin pensar que fue peruano,
Brindaste por su menoría,
Y aunque evocar su gloria
Nadie respondió a tu acento,
Agregaste en un momento
Bella pagina a tu historia.

Que mi voz entusiasmada
Llegue hasta a ti agradecida:
Mi patria ha sido vencida
Pero también admirada!

En la lucha desgraciada
Que sostuvo con altura
Grau abrió su sepultura
Con abnegado heroísmo,
Y hoy se goza el patriotismo
Al ver que su gloria dura.

Ven, pues, a playa peruana
En donde, siempre sincera,
Mi bandera a tu bandera
Se enlazara como hermana.
No importa que este lejana
La patria  donde has nacido:
Quien como tú  ha procedido
Y siente noble su pecho,
Puede vivir satisfecho
Entre un pueblo agradecido.



Lima, febrero 6 de 1889.



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OIGA
8 de noviembre de 2012
N° 346

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