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DORIS GIBSON PARRA Y FRANCISCO IGARTUA ROVIRA

DORIS GIBSON PARRA Y FRANCISCO IGARTUA ROVIRA
FRANCISCO IGARTUA CON DORIS GIBSON, PIEZA CLAVE EN LA FUNDACION DE OIGA, EN 1950 CONFUNDARIAN CARETAS.

«También la providencia fue bondadosa conmigo, al haberme permitido -poniendo a parte estos años que acabo de relatar- escribir siempre en periódicos de mi propiedad, sin atadura alguna, tomando los riesgos y las decisiones dictadas por mi conciencia en el tono en que se me iba la pluma, no siempre dentro de la mesura que tanto gusta a la gente limeña. Fundé Caretas y Oiga, aunque ésta tuvo un primer nacimiento en noviembre de 1948, ocasión en la que también conté con la ayuda decisiva de Doris Gibson, mi socia, mi colaboradora, mi compañera, mi sostén en Caretas, que apareció el año 50. Pero éste es asunto que he tocado ampliamente en un ensayo sobre la prensa revisteril que publiqué años atrás y que, quién sabe, reaparezca en esta edición con algunas enmiendas y añadiduras». FRANCISCO IGARTUA - «ANDANZAS DE UN PERIODISTA MÁS DE 50 AÑOS DE LUCHA EN EL PERÚ - OIGA 9 DE NOVIEMBRE DE 1992»

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«Cierra Oiga para no prostituir sus banderas, o sea sus ideales que fueron y son de los peruanos amantes de las libertades cívicas, de la democracia y de la tolerancia, aunque seamos intolerantes contra la corrupción, con el juego sucio de los gobernantes y de sus autoridades. El pecado de la revista, su pecado mayor, fue quien sabe ser intransigente con su verdad» FRANCISCO IGARTUA – «ADIÓS CON LA SATISFACCIÓN DE NO HABER CLAUDICADO», EDITORIAL «ADIÓS AMIGOS Y ENEMIGOS», OIGA 5 DE SEPTIEMBRE DE 1995

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CENTRO VASCO PERU

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UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO

CENTRO VASCO LIMA

CENTRO VASCO LIMA
UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO

«Siendo la paz el más difícil y, a la vez, el supremo anhelo de los pueblos, las delegaciones presentes en este Segundo Congreso de las Colectividades Vascas, con la serena perspectiva que da la distancia, respaldan a la sociedad vasca, al Gobierno de Euskadi y a las demás instituciones vascas en su empeño por llevar adelante el proceso de paz ya iniciado y en el que todos estamos comprometidos.» FRANCISCO IGARTUA - TEXTO SOMETIDO A LA APROBACION DE LA ASAMBLEA Y QUE FUE APROBADO POR UNANIMIDAD - VITORIA-GASTEIZ, 27 DE OCTUBRE DE 1999.

«Muchos más ejemplos del particularismo vasco, de la identidad euskaldun, se pueden extraer de la lectura de estos ajados documentos americanos, pero el espacio, tirano del periodismo, me obliga a concluir y lo hago con un reclamo cara al futuro. Identidad significa afirmación de lo propio y no agresión a la otredad, afirmación actualizada-repito actualizada- de tradiciones que enriquecen la salud de los pueblos y naciones y las pluralidades del ser humano. No se hace patria odiando a los otros, cerrándonos, sino integrando al sentir, a la vivencia de la comunidad euskaldun, la pluralidad del ser vasco. Por ejemplo, asumiendo como propio -porque lo es- el pensamiento de las grandes personalidades vascas, incluido el de los que han sido reacios al Bizcaitarrismo como es el caso de Unamuno, Baroja, Maeztu, figuras universales y profundamente vascas, tanto que don Miguel se preciaba de serlo afirmando «y yo lo soy puro, por los dieciséis costados». Lo decía con el mismo espíritu con el que los vascos en 1612, comenzaban a reunirse en Euskaletxeak aquí en América» - FRANCISCO IGARTUA - AMERICA Y LAS EUSKALETXEAK - EUSKONEWS & MEDIA 72.ZBK 24-31 DE MARZO 2000

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martes, 7 de diciembre de 2010

Oiga

FRANCISCO IGARTUA – “SIEMPRE UN EXTRAÑO - ¡Tú crees que con dos millones de dólares yo me iba a quedar aquí!

A la hora del aseo diario, en algún momento, sea en la ducha, frente al espejo o sentado en el wáter, a Francisco siempre le asaltan imágenes, ideas, recuerdos, saudales, proyectos en el aire. En su hora de divagar sin ataduras, a pesar, en los últimos meses, de la insistencia autoritaria de Gustavo:

“Tienes que escribir un libro que sea historia de los últimos cincuenta años vividos por ti”.

“No fuiste objetivo con Alan García. A él no lo trataste tan finamente como a Prado. No le distes el beneficio de la duda. Lo atacaste desde el comienzo. Antes de su primer mensaje al país. Antes de asumir la presidencia el 28 de julio de mil novecientos ochenta y cinco”.

Lo que pasa –replica en sus divagaciones Francisco – es que detrás de lo escrito, de todo lo documentado, de lo que se llama historia, hay una superficie más íntima, un otro lado escondido, muchas veces más esclarecedor que el documento escrito, algo que se quedo sin escribir.

No fue arbitraria la oposición que mantuvo Francisco –desde el arranque– contra el presidente Alan García. No fue producto de su pésima opinión sobre el APRA, que venía de años atrás. Fue por un hecho muy objetivo, mejor dicho por una expresión sumamente reveladora, que Francisco tomó partido, desde el inicio, contra Alan García. Lo hizo como director de Oiga, el semanario que refundó al dejar Caretas. Ocurrió en un desayuno, en casa del poderoso empresario pesquero Isaac Galsky, a pedido –según cree Francisco- de Alan García, en esos momentos presidente electo, o sea poco antes de asumir el mando, de cruzarse la banda presidencial en el pecho y recibir el titulo de Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, cargo que daba la impresión de subyugarlo tanto como la presidencia. Fue un desayuno íntimo, al que asistió, además del esplendido y bondadoso anfitrión, el doctor Jorge Pastor, eficaz consejero legal de Galsky. Fue un desayuno con manjares tan especiales que sólo al acaudalado y solícito Isaac Galsky se le ocurre ofrecer. También fue largo ese desayuno. Se habló de todo y Francisco aprovechó la ocasión para insistir en dos puntos: en señalar que el problema número uno en el Perú era el terrorismo, principalmente el de Sendero y en la necesidad de licenciar a toda la policía para crear otra nueva, totalmente distinta, con asesoramiento extranjero y con una moral remozada. –Lo que no quiere decir que vayas a aprovechar la ocasión para hacerla aprista. Alan García era muy aficionado al tú—, por eso te insisto en que la nueva organización sea conducida por una misión extranjera, la que evaluaría al personal con limpia foja de servicios, los únicos que tendrían opción para reintegrarse a la nueva institución. La mayoría de la actual policía esta corrompida hasta el tuétano y no sirve para nada, ni siquiera para ser reformada. Y es la policía, con su servicio de inteligencia, la que debe combatir al terrorismo.

Alan García le dio la razón a Francisco, aunque le hizo un chiste sobre la apristización de la policía, por lo que Francisco interpreto que eso –aprovechar a la policía para su partido– era lo que pensaba hacer. Sobre el terrorismo García fue tajante y lanzó una frase tremenda: –Los voy a liquidar como sea. No voy a tener piedad. Francisco no se imagino las masacres en las cárceles que ocurrían no mucho después. Matanzas que alegraron las estrechas mentes de mucha gente de derecha, porque tontamente creyeron que con esos asesinatos quedarían aniquilados los comandos de Sendero. (Todavía no había caído el muro de Berlín y el marxismo estaba vivo en las universidades, canteras de nuevos cuadros senderistas).

No sólo se habló de política. Alan García es hombre ameno, de simpatía desbordante, conversador ágil, amigo de hacer bromas. Por ejemplo, de pronto se volteó y le dijo a Galsky: - Si te llaman, no contestes el teléfono. No quiero cadáveres en la mesa. Se refería a la tarea que cumple en la comunidad judía el audaz pesquero. Galsky estaba encargado de una misión nobilísima, aunque nada agradable: se ocupa de lavar a los muertos. Apenas muere un miembro de la comunidad judía, sea rico, pobre ó mendigo, Galsky sale como bombero al recibir el aviso. Abandona cualquier reunión, por importante que sea, y acude a la casa del fallecido para cumplir con el rito del lavado. Un gesto que muestra los afanes espirituales, el alma delicada, de un hombre que se apasiona haciendo negocios: -yo soy industrial por las circunstancias. Mi vocación es comprar y vender, es el comercio. Alega también no ser político. Su política, dice, es “ayudar a los gobiernos para que los peruanos podamos hacer buenos negocios”.

La conversación que era cordial y distendida, cambió de un momento a otro gracias a Alan. Bruscamente se enfrentó a Francisco: - Ustedes los periodistas están acostumbrados a calumniar y que no les pase nada. Ahora las cosas van a cambiar. Tú, por ejemplo, has dicho e insistido en Oiga que Corea del Norte me dio dos millones de dólares en una caja de zapatos. ¡Eso es una calumnia! Por lo pronto, allí no entran dos millones de dólares. ¿Sabes qué venia en esa caja? – ¿Sólo cien mil?– Alan García se puso más colérico: -Había una paloma de cerámica y se ve en las fotos que tomaron dentro de la embajada. (En esos momentos Corea del Norte no tenia embajada sino una delegación comercial, que se convirtió en embajada durante el gobierno aprista). –Bueno, seria paloma, pero los rumores hablaban de dólares y nosotros recogimos esos rumores… de fuentes muy confiables, que nos merece fe. Y aquí, alzando la voz, Alan García replico con una frase que dejo frío a Francisco y desconcertó a Galsky y a Pastor. – ¡Tú crees que con dos millones de dólares yo me iba a quedar aquí!

Era una confesión que lo desnudo. En aquellos momentos era presidente electo y se pronunciaba como el estudiante bohemio que había sido en Europa y nunca dejaría de serlo en sus entretelas íntimas. Francisco nada le contestó. Se quedó mudo unos minutos, anonadado por lo que acababa de escuchar. Fue Alan el que reanudó la charla en torno amable, sin tomar en cuenta ni sospechar lo que había dicho. Volvió la cordialidad en la misma forma exabrupta con la que inició sus violentas quejas por el rumor hecho público de la caja de zapatos, “con una paloma de cerámica dentro, no con dos millones de dólares”. Cuando acabo el desayuno y se despidió Alan, amigable y palomilla como le gustaba ser, Francisco le comentó a Galsky:

-¿Cómo se puede apoyar a un irresponsable, que ha dicho lo que ha dicho? ¡Que con dos millones de dólares no se queda en el Perú! Y ya Alan es nada menos que el presidente de este país. Galsky le rogó a Francisco que no fuera a escribir sobre el tema. El hecho había ocurrido en su casa y él había invitado al amigo a una reunión informal, no al periodista. Naturalmente que Francisco no reveló la frase de Alan García, pero su opinión sobre el flamante presidente ya la tenía formada. Con esas pocas palabras Alan García se había desnudado moralmente ante él.

Por ello el primer editorial sobre prado, aunque escéptico, no tenía la dureza con la que Francisco trató al presidente García desde el mismo 28 de julio de mil novecientos ochenta y cinco. Sin dejar de añadir excesivos elogios a su elocuencia indiscutible.

Había diferencia entre los dos presidentes, aunque en algo se parecían. En la frivolidades. También se parecían en la afición de los disfraces militares, pero en dirección inversa. Alan García, que venía de abajo, prefería el titulo y las insignias del Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, mientras que don Manuel Prado, que venía de arriba y le encantaban las condecoraciones en el frac, prefería el uniforme de teniente del ejército, sin una sola medalla. Teniente era el grado que se entregaba a los universitarios al acabar sus estudios. Y es seguro que a Prado le debió fascinar el apodo que la chispa limeña le coloco: el de “Teniente Seductor”.

Francisco Igartua Rovira – “Siempre Un Extraño” – Editorial Santillana S.A. – págs. 276 a 279.

Oiga




martes, 30 de noviembre de 2010

A modo de introducción



Introducción

Como señalan quienes lo conocieron —y varios de esos testimonios los hallará el lector en este volumen— Francisco Igartua fue un espíritu que sorprendió a amigos y enemigos por la lucidez —a veces cercana a la premonición— de su visión política, por su impecable conducta moral —que en él tuvo como consecuencia manifiesta el compromiso cívico— y por su pasión por el arte del periodismo. Nada de lo anterior impidió que fuera también un hombre elegante, un gourmet y, cosa rara hoy en el periodismo, un apasionado lector. Un hombre que amaba el buen vivir y la buena amistad y, por qué no, una buena pelea en nombre de sus ideales, de su compromiso con sus lectores. Fue asimismo un cálido conversador que de manera natural llevaba a que uno rápidamente pasara de llamarlo Francisco al más familiar uso de Paco.



Francisco Igartua, Oiga y una pasión quijotesca

En las páginas que siguen el lector tendrá oportunidad de acceder directamente a una muestra —fatalmente parcial, como toda selección— de la obra de Paco Igartua y al recuerdo que de él tienen algunos de sus colaboradores y amigos. Los ensayos de Igartua sobre el periodismo, entendido “como arte y como oficio” (al decir de su maestro Federico More), jamás como profesión burocrática o comercio vil, son manifiestos de validez permanente, material de enseñanza imprescindible en cualquier moderna facultad de comunicaciones. De su posición política y su lectura de la historia nacional dan cuenta los escritos reunidos en la sección siguiente, que muestran a un caballero de la vieja escuela, un seguidor del demócrata Bustamante y un defensor de las reivindicaciones de los más débiles. Lo extraño, lo asombroso, es que, como verá el lector, Igartua acierta, se equivoca, se corrige y asume las consecuencias, pero una y otra vez —al retorno de la cárcel, de los destierros, de las clausuras de OIGA— vuelve siempre con la nítida voluntad de construir una nación y de eludir, como a Escila y Caribdis, los extremismos preconizados por sus enemigos, aquellos que falsamente lo acusaron de comunista y de fascista. Igartua, cosa excepcional en la política, jamás se resignó al uso de la demagogia.

Para este periodista cuya prosa era una invitación a un diálogo, si bien apasionado, inteligente, la conversación era una práctica natural y centrada; aquí presentamos tres entrevistas elocuentes. Sus interlocutores más próximos lo retratan en vida o lo recuerdan luego de su muerte en otra sección, y siendo OIGA la obra mayor de Paco Igartua hemos recogido opiniones, testimonios y textos varios —como la dramática carta, lo último que escribió, que le dirige Arguedas justo antes del fin— vinculados a esta revista que ya hace mucho pertenece a la historia del periodismo peruano.

Cuatro anexos ofrecemos como complemento acaso necesario y por cierto pertinente: el ensayo sobre la naturaleza del quehacer periodístico de Federico More, mentor de Paco; el rescate de los números de la primera etapa de OIGA (1948), por primera vez publicados en versión facsimilar; una muestra de las columnas publicadas por Igartua luego de que OIGA le fuera arrebatada inicuamente; y el célebre informe sobre el Plan Verde, joya del periodismo de investigación, que haría de Francisco Igartua uno de los enemigos más peligrosos y temidos del régimen de entonces.



Francisco Igartua, el periodista

Discípulo dilecto de Federico More, Paco se formó como periodista en la doble convicción de que este oficio es un género literario y su ejercicio supone una posición privilegiada del ciudadano que ama y protege su “polis”. Porque la política, desde Aristóteles y aun antes, no es más que la dimensión social de la persona ética. Esta visión del periodismo exige una libertad irrestricta. Por eso Paco abomina de la colegiatura, por eso se separa del proceso velasquista, por eso fue ejemplo viviente —demasiado incómodo para algunos— de que para publicar un diario o una revista se precisa un coraje viril.

No menos importante es su interés profesional en la elaboración del producto a ofrecer. Paco nos habla en sus textos de formatos, tamaños, uso de fotografías, principios de diseño gráfico, tipografía y otros elementos vitales para la producción de un medio escrito. Este cuidado profesional nunca rebajó la labor de Paco a la de un mercader de entretenimiento o un artífice de complacencias. Y no lo amedrentó el surgimiento de la tecnología digital. Previó, con justicia, que la rapidez y la variedad de la información devolvería al lector al espacio mental propicio para las revistas semanales, su manera pausada de ponderar la noticia y los artículos de profundidad, escritos con pretensiones literarias, es decir, un periodismo destinado a la biblioteca y no al desecho inmediato. Hoy, en pleno imperio de la informática, vemos el cumplimiento de esta previsión, por ejemplo, en el éxito de las crónicas y perfiles de Jon Lee Anderson en The New Yorker.

Dirigir un semanario es fungir de capitán de un navío cuya tripulación, aunque consciente de los riesgos del viaje, debe ser protegida. Paco, en ese sentido, fue un ejemplo de responsabilidad empresarial; ante la inminencia del destierro o del cierre forzado, este hombre que se jactaba de ser mal administrador jamás abandonó a sus empleados y veló por que fuesen tratados con justicia y recibieran las compensaciones que les correspondían. En retribución, sus trabajadores le profesaron una lealtad que llegó a hacer de OIGA una cofradía del periodismo. Un día de 1995, luego de pagarles la indemnización debida, el periodista empresario se encontraba en su oficina y se preguntaba con angustia cómo podría subvencionar las liquidaciones en caso de que lo acusen de despedir a sus trabajadores. De pronto lo sacó de sus cavilaciones un golpe en la puerta y apareció un empleado con su carta de renuncia. Luego llegó otro y otro y otro. Setenta empleados entregaron por iniciativa propia setenta renuncias.



Francisco Igartua, el Quijote de Unamuno

Paco, que fue peruanísimo, fue también un buen vasco y un hijo de España. Figuras simbólicas como la de Don Quijote y la del Cid Ruy Díaz de Vivar rondarán su destino. Estudiante de teología y luego de derecho en la Universidad Católica, rápidamente Paco se une a jóvenes intelectuales como Blanca Varela y Fernando de Szyszlo con quienes comparte inquietudes, pero no será hasta su ingreso al semanario Jornada cuando le será revelada su vocación. El trabajo con Federico More será decisivo en su formación como periodista y en la voluntad de tener voz en la política nacional.

Más tarde, con Doris Gibson, fundará OIGA, conocerá la cárcel y reincidirá con la fundación de Caretas para finalmente volver a lanzar OIGA en 1962 y que a través de dictaduras y regímenes más o menos democráticos sobrevivirá a cierres tiránicos hasta 1995, año de su cierre definitivo por la dictadura fujimorista. Nada, sin embargo, hará callar al ya viejo columnista y, recibido con hospitalidad por Correo y Expreso, seguirá haciéndose escuchar en su columna “Canta Claro”, durante una etapa final de su vida que mi amigo Carlos Sotomayor ha llamado con acierto “Oiga después de Oiga”.

Muchos se han preguntado a qué tienda política pertenecía Paco Igartua. Antes que nada se consideró un discípulo de don José Luis Bustamante y Rivero, pero cuando las circunstancias internacionales llevaron a que el mundo tomara partido por una u otra potencia durante la Guerra Fría esa definición parecía insuficiente. Con humor pero también con firme claridad, él mismo recordaba una anécdota familiar: sus primos y él debatían una vez cuál era la posición más justa, la derecha o la izquierda; consultado sobre el tema de la disputa, el tío más viejo y respetado del clan respondió, como Jesús, con una parábola: “Con la mano derecha trabajo, pero trabajo mejor con las dos manos”. Paco apoyó al general Velasco en la nacionalización del petróleo, lo cual era parte de la agenda generacional compartida, entonces, por todas las tendencias, y cabe recordar que incluso Acción Popular le retiró su apoyo al presidente Belaunde por su mal manejo del tema. Paco combatió al general Velasco cuando este confiscó la prensa. ¿Era el director de OIGA un izquierdista que se volvió de derecha cuando su propia gente estaba en el poder? Absurdo. Simplemente —incomprensiblemente, para muchos— era un hombre honesto. Y no le faltaron riñones para oponerse a los delirios de sus propios amigos cuando fue necesario.

Paco repudió el dogmatismo infantil y asesino de la extrema izquierda. (Cabe sospechar que esa opción no sólo le resultó repugnante a su ideología demócrata, a su fe en las instituciones y a su respeto por la vida humana, sino también a su buen gusto.) Paco repudió las mezquinas ambiciones de la oligarquía civilista y sus herederos. (Ya don José de la Riva Agüero había deplorado que en el Perú no hubiese derecha, sólo había fenicios.) Paco repudió, naturalmente, la mediocre voluntad acomodaticia de los que, como en la canción de Los Prisioneros, nunca quedan mal con nadie.

Advirtió la necesidad urgente de hacer en democracia las transformaciones sociales que el general Velasco realizó en su gobierno de facto. Advirtió a los ingenuos voluntarios —¡qué pesado este Igartua, ave de mal agüero!— el desastre al que había de llevarnos la demagogia aprista que triunfó en 1985. Advirtió el miserable despotismo —nada ilustrado— que impusieron los violadores de la Constitución un negro 5 de abril. Sería un facilismo pesimista comparar aquí a Paco Igartua con Casandra, la princesa troyana condenada a ver las catástrofes del futuro y a no ser oída por quienes serían sus víctimas. Por el contrario, consideramos que la palabra apasionada y elegante de Paco no fue voz que predica en el desierto. En la vida social como en la privada —y esto lo entendió cabalmente el psicoanálisis— verbalizar algo es en sí mismo un acto valioso por sí mismo, necesario, testimonio y luz para la historia del presente y la posible nación del futuro.

Pensador de horizontes amplios, se interesó en la historia latinoamericana y entendió, como Octavio Paz en El laberinto de la soledad, que Perú y Bolivia eran por naturaleza y tradición una unidad nacional, escindida por el resentimiento de Bolívar, y que la derrota de la Confederación fue un claro triunfo para Chile. De acuerdo con esta lectura, Ramón Castilla le hizo un flaco favor a la nación cuando, ayudado por el gobierno chileno, destruyó el sueño de unir los Andes y la Costa. El intelectual aséptico no existe, de allí que las preferencias literarias de Paco lo hayan llevado al extremo (por una vez) de agarrarse a puñetazos con Sebastián Salazar Bondy, luego uno de sus más entrañables amigos y colaboradores. La ya mencionada carta de despedida de José María Arguedas es otra prueba de esa fraternidad con el mundo de los artistas, así como su amistad con Fernando de Szyszlo, con Alfredo Bryce Echenique, con Blanca Varela… Los ejemplos de este tipo podrían continuar sin fin.

Hemos dicho que Paco se hizo conocer como un buen vasco y un buen lector. Acaso por ambas vocaciones don Miguel de Unamuno se convirtió en su ideal literario, ético y filosófico —¿cuántos periodistas tienen hoy un ideal filosófico, ya sea en el Perú o en el extranjero?—, tal como Bustamante y Rivero lo fue en lo político. Buenas muestras de esto son los sendos ensayos dedicados a ambos personajes que recogemos en este libro.

Como a Cervantes, a Paco le tocó la amargura de ser testigo de una falsa versión de su obra: así como, luego de la primera parte publicada en 1605, apareció el Quijote apócrifo de Avellaneda, los enemigos de Paco lanzaron un OIGA igualmente apócrifo que desató la indignación de su creador y como testimonio de ello publicó la carta que aquí reeditamos. A Paco le gustaba recordar la idea de Unamuno de que los procesos son círculos que en algún momento deben cerrarse de modo definitivo. Para tranquilidad de Paco y de quienes construyeron y mantuvieron viva su revista, hoy podemos asegurar que, en su memoria y como propietarios legítimos del logotipo, cerramos aquí otro circulo más en la azarosa historia de OIGA y de su fundador.

Como en el Caballero de la Triste Figura, podríamos ver en la voluntad de Paco por defender la sensatez y la honestidad en la política un fracaso honroso, una inútil lucha contra molinos de viento. Es cierto que la suya fue una pasión quijotesca. Pero sería injusto proponer su imagen como la de un romántico perdido en un mundo que no comprendió. Paco fue, a su manera, un campeador, un hombre de acción y reflexión que participó directamente, por más de medio siglo, en la historia nacional, para desesperación de tiranos y demagogos, y allí reconocemos la figura triunfante del Cid. Y como la imagen del Cid a través de la historia hispana, las páginas que este volumen ofrece son una presencia viva y significante, pensamiento actual, una interpelación cuando no un cordial aviso, memoria de otras voces y voz de la memoria, y esperamos que así las reciban los lectores.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Francisco Igartua, Oiga y una pasión quijotesca


Francisco Igartua, Oiga y una pasión quijotesca


Para mi madre Dina Olga Aguilar Millan Galarza de Bazan y para mi hija
Natalia Marie Christine Bazan Coronado


Un especial agradecimiento a las personas que contribuyeron en las diversas etapas de la realización de este libro: Carlos Montori Alfaro, Fernando de Szyszlo, Francisco Miro Quesada Cantuarias, Jorge Salmón, Ángel Hermoza, Ana Wissar Mungi, Jesús Reyes, Domingo Tamariz Lucar, Alejandro Sakuda, Orazio Potesta, Tulio Arevalo, Luis Alberto Guerrero, Oswaldo Sagastegui, Chalo Guillen, Lidia Sanchez, Gloria Fernandez, Lino Bolaños, Enrique T. Limaymanta, Carlos Bedoya Bazan, Mario Sanchez, Estefania Chumpitaz Cevallos, Miguel Rivas, Milagros Llontop y Milko Urbano. También a Pedro Planas, Enrique Moncloa, Percy Buzaglo Terry, Guillermo Rey Terry y Jose Reyes ausentes hoy físicamente, pero presentes en el corazón de esta obra.

Francisco Igartua y el caso Gongora Perea






viernes, 19 de noviembre de 2010

Euskonews

FONDO EDITORIAL REVISTA OIGA
Francisco Igartua, Oiga y una pasión Quijotesca

Egilea:  Jhon Bazan Aguilar
Argitaletxea: Fauno Editores, 2010
Orrialde kopurua: 330
Ezaugarriak: Este libro es el resultado de un trabajo exhaustivo por parte de un equipo conformado por amigos de Francisco Igartua, que deseaban rendirle de este modo un testimonio de su aprecio y una relevancia a su destacada presencia en el periodismo peruano.

Fernando de Szyszlo, quien fue amigo personal de Igartua, es quien encabeza la distinguida lista de aportantes a este quehacer colectivo, el primero que se hace en el Perú en memoria y homenaje de un periodista. El compilador de la obra, y director del equipo de edición, ha sido Jhon Bazán Aguilar, quien durante la última década no solo coordinó esta obra, sino que además, cumpliendo una promesa al propio Igartua, rescató el logotipo de “Oiga” y lo puso nuevamente en manos seguras.
Entre quienes suscriben notas en el libro figuran:
Alfredo Bryce Echenique, Francisco Miró Quesada Cantuarias, Luis García Miró, Alfredo Barnechea, Francisco Belaunde Terry, Jorge Luis Recavarren, Abelardo Sánchez León y Frederick Cooper Llosa entre otros.
Francisco Igartua fue también un distinguido y destaco miembro fundador de la Euskal Etxea de Lima, Perú, y participó en los dos primeros congresos de Colectividades Vascas. Sus artículos y ensayos sobre los orígenes y diaspora del pueblo vasco en América, son material de consulta para todos los estudiosos.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Expreso


Un periodista de verdad
Luis García Miró Elguera
Acaba de presentarse el libro Francisco Igartua, Oiga y una Pasión Quijotesca, en homenaje a un periodista superior como Paco Igartua Rovira, quien dejó huella señera en este complejo y apasionante oficio. Es, a juicio de este escriba, un reconocimiento válido aunque insuficiente para un informador de tantas luces como él. Es decir, la trascendencia del trabajo gacetillero de Paco merece el agradecimiento de toda la colectividad a la que sirvió desapasionadamente durante seis décadas, ofreciéndole no sólo información sino, por encima de todo, opinión para comprender la realidad y alertarla ante el dictado de tanto gobernante que –a lo largo del siglo pasado– capturó el poder para ejecutar sus caprichos e imponer sus intereses. Al municipio de Lima –que representa a la ciudadanía a la que Igartua entregó su prolífica vida profesional– le toca dedicar un espacio destacado para rendir homenaje a este grande del periodismo.
Siendo autodidacta, desde sus inicios –en la revista Jornada– Igartua ejerció una potente labor periodística. Lo hizo inspirado en sus dos grandes paradigmas: Miguel de Unamuno y Federico More. Este último escribió lo que Igartua comprendió y ejecutó como dogma en su carrera: “En el periodismo el silencio es la peor forma de la mentira (…) Creo conocer el oficio periodístico. Pero aquí surge la duda: ¿existe un oficio periodístico? Creo que más que carrera y más que profesión el periodismo es oficio. Y cuando se depura y ennoblece, cuando llega a las alturas un poco irrespirables de la imaginación, se convierte en arte (…) El periodismo es antiacadémico y antiuniversitario por su naturaleza misma. Los grandes periodistas siempre han escrito mal. Están llenos de neologismos, de giros populares, de excesiva tendencia a la síntesis, de prisa en la composición (…). El periodismo es de naturaleza profundamente nacionalista. No puede funcionar sino dentro de un idioma y dentro de una sensibilidad. Y aún dentro del mismo idioma existen las diferencias nacionales. Un periodista uruguayo jamás alcanzará el desarrollo total de su personalidad en Venezuela o en México, y así sucesivamente.”

Ya hastiado de tanto manoseo al oficio, el 2001 Igartua escribió con puntería: “El periodismo como arte y oficio de informar y comentar sobre los hechos que conmueven a la sociedad está siendo desvirtuado hoy por mercaderes metidos a periodistas (…). Aunque en toda actividad hay excepciones, sería aconsejable que, como primera medida reformista, las direcciones de todos los diarios fueran ocupadas por periodistas conscientes de su responsabilidad legal y de sus obligaciones éticas (…). El periodismo no está por encima de la ley; al contrario, los delitos se hacen muchísimo más graves cuando se cometen a través de los medios de comunicación.”

Paco Igartua fundó Oiga en 1948 y dos años después Caretas. Fue un activo a la vez que muy ameno comunicador. Pero sobre todo, a lo largo de sesenta y tantos años –transitados entre papel y tinta– Igartua Rovira ha sido, en este país, el hombre de prensa con mayor lucidez y olfato. Más aún –como reza el título de este libro bien compilado por su ex colaborador, Jhon Bazán Aguilar– fue un auténtico Quijote del periodismo. Enfrentó a dictaduras sólo con su pluma, y publicó la revista Oiga hasta que el fujimontesinismo lo ahogó financieramente inventándole obligaciones tributarias sujetas a moras siderales y a tasas de interés agiotistas, que es como suelen silenciar a la prensa incómoda todos los regímenes dictatoriales; incluso algunos que en su momento se hicieron llamar democráticos. La pluma perspicaz de Paco hace demasiada falta en estos tiempos tormentosos por los que atraviesa la prensa peruana.

lunes, 8 de noviembre de 2010

La Republica

DETALLES DE NOTAS

La pasión de paco Igartua

Se acaba de publicar Francisco Igartua, Oiga y una pasión quijotesca, compilado por Jhon Bazán Aguilar, un libro dedicado a rescatar del olvido la trayectoria de uno de los periodistas más polémicos e influyentes del siglo XX. A seis años de su muerte, rememoramos aquí su estilo combativo.

Por Ghiovani Hinojosa

Paco Igartua vivió en un tiempo en el que los periodistas más incómodos al poder político debían asegurar la impresión de sus artículos en la propia imprenta. Muertos de sueño, estos quijotes de la prensa pasaban la noche entera vigilando al pie de las rotativas. “Recuerdo las auroras que saludé con el diario fresco en la mano”, contó Igartua en sus memorias. En algunas ocasiones fue necesario, incluso, recurrir a las armas para defender el derecho a decir su verdad sin concesiones. Como en 1946, cuando “la bufalería (aprista) había intentado tomar la imprenta a balazos y nosotros respondimos también con fuego, dirigidos por el dueño de la imprenta, el eximio tirador César Injoque”. ¿Qué época era esta en la que los periodistas se batían a balazos con sus censores? Eran años en los que la palabra escrita parecía tener más peso que la imagen, la etapa del periodismo febril; un periodo en el que el oficio era ejercido por intelectuales y escritores dotados de un robusto sentido de la noticia. Francisco Igartua Rovira, recordado fundador de las revistas Caretas y Oiga, fue una de las luminarias de esta generación de apasionados. Terco defensor de la democracia, este chosicano de ascendencia vasca hizo historia no solo por su prosa prolija y jocosa, sino también por su vida llena de exilios y sobresaltos.

Padre de la pluma rebelde

El primer periódico en el que Francisco Igartua dejó constancia de sus aptitudes periodísticas fue Jornada. Escribió en él entre 1943 y 1945. Fue un diario que respaldó la candidatura presidencial de José Luis Bustamante y Rivero, representante del Frente Democrático Nacional. Eran momentos en los que la prensa tomaba partido por la opción que consideraba más justa, y Bustamante representaba para muchos la defensa de las instituciones democráticas, el civismo y la legalidad. “Aquel humilde periódico –muy bien diseñado– habría de ser, quién sabe, la más bella aventura del periodismo peruano en este medio siglo. Una hoja. Una sola hoja, eso era Jornada”, recordaría después Igartua. Luego vino su paso por La Prensa, dirigido por Guillermo Hoyos Osores, de quien asimiló la obsesión por cotejar el dato y la habilidad para redactar editoriales.

El 8 de noviembre de 1948, cuando ni siquiera habían pasado dos semanas del golpe de Estado de Manuel Odría, Igartua –con el apoyo de Doris Gibson– sacó a la luz el primer número de la revista Oiga. “Aparece este semanario en un momento crítico y lleno de incertidumbre e inquietud para la patria”, escribió Paco en aquella edición primigenia. Dos años después, en 1950, fundó, también junto a Gibson, Caretas, una revista en la que “buscaremos que la vida siempre sea un carnaval”. Desde esta trinchera, dirigió epítetos afilados contra el dictador Odría, fiel al estilo corajudo que había forjado en sus atentas lecturas del filósofo español Miguel de Unamuno y sus tertulias con Federico More, el periodista que más admiró. El autócrata respondió deportándolo a Panamá sin un solo sol en los bolsillos.

La figura del destierro se volvería a repetir durante el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, cuando –ya al mando de una Oiga influyente e indomable– alzó su voz de protesta por la expropiación de los medios de comunicación. Sobre su relación con la izquierda, Igartua diría después: “Ya he explicado mil veces que estuve al lado de la ‘revolución’ militar porque comenzó haciendo la reforma agraria y recuperó la Brea y Pariñas, banderas de lucha de mi generación. Fue una enorme equivocación. Los militares, por buena voluntad que tengan, no están hechos para gobernar”. Tal vez por eso algunos lo llamaron periodista de derecha. Lo cierto es que fue uno de los primeros en cuestionar el autoritarismo de Fujimori, “su acusador más permanente y mejor informado”, según Fernando de Szyszlo.

De Paco Igartua se ha dicho que era elegante, audaz, recto, polémico, corajudo. Pero hay un rasgo que bastaría para tenerlo presente por siempre: su rebeldía infatigable. Fueron más de cinco décadas dedicadas a pensar a contracorriente. Hoy que la noticia es para muchos un mero producto, el recuerdo de Igartua nos debe devolver al mundo de las ideas.

un cariño de los búfalos

En setiembre de 1946 ocurrió el incidente que llevó a la fama a un novel Francisco Igartua, por entonces redactor del periódico Jornada. Una noche, el diputado aprista César Góngora Perea, ex profesor de Igartua, lo invitó a tomar el té luego de una agitada sesión parlamentaria. Mientras caminaban juntos, Góngora, que lucía bastante aturdido, le soltó frases como esta: “En el Apra no existe democracia más que de la boca para afuera” y “Todo allí es egoísmo personal. Todas son órdenes, obligaciones que cumplir, no hay razones”. Pero lo más grave fue que le reveló que el partido de Haya de la Torre impulsaba la “Ley del canillita” para “controlar la prensa. Es el miedo al poderío que puede decrecer, el temor a los ojos que se abran”. Estas declaraciones fueron publicadas y causaron un terremoto político. En una carta de protesta, Góngora Perea dice: “Es sensible que el redactor de un periódico serio, a quien creía contar entre mis buenos amigos, aproveche una conversación habida entre ambos y conducida en un tono de cordialidad y de ironía para presentarme ante la opinión política del país en una forma que está lejos de ser la verdad”.

Paco Igartua replicó este mensaje con ironía: “¿Quién o quiénes te la escribieron (la carta), César Góngora Perea?”. El joven periodista reveló que, en un encuentro informal que tuvieron luego de publicado el reportaje, Góngora le dijo afligido: “No puedo negarte, ni lo he podido en el Partido, que son absolutamente exactas las declaraciones que me atribuyes. Contigo no tengo ningún compromiso y con ellos sí… Me han obligado. ¡Qué bárbaro! Tienes una memoria fantástica”. Igartua cierra su alegato con un párrafo lapidario, pero exquisito: “Si hubo mentira de mi parte, el camino abierto no es, doctor Góngora Perea, escribir vagorosas cartas aclaratorias. El código penal señala la difamación como un delito y a los tribunales de justicia todos tienen acceso. Ese debió ser el camino. Pero para ello se requería que el catedrático de Ética, Góngora Perea, doblegue su propia conciencia, ya no su puño para firmar una carta, y acuse ante la justicia a quien tiene cómo probar que sólo ha dicho la verdad y nada más que la verdad”. Días después, en el local del diario aprista La Tribuna, Francisco Igartua recibió, según su propio relato, “una tremenda pateadura de los búfalos que me mandó al hospital”. Igartua era un periodista corajudo.

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Jhon Bazan Aguilar presentará el libro 'Francisco Igartua, Oiga y una pasión quijotesca' en Lima

Lima, Perú

El autor Jhon Bazan Aguilar dedicó a reseñar la vida y obra de Francisco Igartua Rovira, fundador y director de los principales semanarios del Perú, Oiga y Caretas y el lanzamiento del premio periodístico Revista Oiga. Hoy presenta en Lima el libro 'Francisco Igartua, Oiga y una pasión quijotesca', que contará con la presencia de Monseñor Miguel Irizar, arzobispo de la Provincia Constitucional del Callao, Francisco Miro Quesada Rada, director del principal diario de Lima -El Comercio- y del famoso pintor peruano Fernando de Szyszlo Valdelomar.

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Boletin diario2010/11/08