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DORIS GIBSON PARRA Y FRANCISCO IGARTUA ROVIRA

DORIS GIBSON PARRA Y FRANCISCO IGARTUA ROVIRA
FRANCISCO IGARTUA CON DORIS GIBSON, PIEZA CLAVE EN LA FUNDACION DE OIGA, EN 1950 CONFUNDARIAN CARETAS.

«También la providencia fue bondadosa conmigo, al haberme permitido -poniendo a parte estos años que acabo de relatar- escribir siempre en periódicos de mi propiedad, sin atadura alguna, tomando los riesgos y las decisiones dictadas por mi conciencia en el tono en que se me iba la pluma, no siempre dentro de la mesura que tanto gusta a la gente limeña. Fundé Caretas y Oiga, aunque ésta tuvo un primer nacimiento en noviembre de 1948, ocasión en la que también conté con la ayuda decisiva de Doris Gibson, mi socia, mi colaboradora, mi compañera, mi sostén en Caretas, que apareció el año 50. Pero éste es asunto que he tocado ampliamente en un ensayo sobre la prensa revisteril que publiqué años atrás y que, quién sabe, reaparezca en esta edición con algunas enmiendas y añadiduras». FRANCISCO IGARTUA - «ANDANZAS DE UN PERIODISTA MÁS DE 50 AÑOS DE LUCHA EN EL PERÚ - OIGA 9 DE NOVIEMBRE DE 1992»

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«Cierra Oiga para no prostituir sus banderas, o sea sus ideales que fueron y son de los peruanos amantes de las libertades cívicas, de la democracia y de la tolerancia, aunque seamos intolerantes contra la corrupción, con el juego sucio de los gobernantes y de sus autoridades. El pecado de la revista, su pecado mayor, fue quien sabe ser intransigente con su verdad» FRANCISCO IGARTUA – «ADIÓS CON LA SATISFACCIÓN DE NO HABER CLAUDICADO», EDITORIAL «ADIÓS AMIGOS Y ENEMIGOS», OIGA 5 DE SEPTIEMBRE DE 1995

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CENTRO VASCO PERU

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UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO

CENTRO VASCO LIMA

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UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO

«Siendo la paz el más difícil y, a la vez, el supremo anhelo de los pueblos, las delegaciones presentes en este Segundo Congreso de las Colectividades Vascas, con la serena perspectiva que da la distancia, respaldan a la sociedad vasca, al Gobierno de Euskadi y a las demás instituciones vascas en su empeño por llevar adelante el proceso de paz ya iniciado y en el que todos estamos comprometidos.» FRANCISCO IGARTUA - TEXTO SOMETIDO A LA APROBACION DE LA ASAMBLEA Y QUE FUE APROBADO POR UNANIMIDAD - VITORIA-GASTEIZ, 27 DE OCTUBRE DE 1999.

«Muchos más ejemplos del particularismo vasco, de la identidad euskaldun, se pueden extraer de la lectura de estos ajados documentos americanos, pero el espacio, tirano del periodismo, me obliga a concluir y lo hago con un reclamo cara al futuro. Identidad significa afirmación de lo propio y no agresión a la otredad, afirmación actualizada-repito actualizada- de tradiciones que enriquecen la salud de los pueblos y naciones y las pluralidades del ser humano. No se hace patria odiando a los otros, cerrándonos, sino integrando al sentir, a la vivencia de la comunidad euskaldun, la pluralidad del ser vasco. Por ejemplo, asumiendo como propio -porque lo es- el pensamiento de las grandes personalidades vascas, incluido el de los que han sido reacios al Bizcaitarrismo como es el caso de Unamuno, Baroja, Maeztu, figuras universales y profundamente vascas, tanto que don Miguel se preciaba de serlo afirmando «y yo lo soy puro, por los dieciséis costados». Lo decía con el mismo espíritu con el que los vascos en 1612, comenzaban a reunirse en Euskaletxeak aquí en América» - FRANCISCO IGARTUA - AMERICA Y LAS EUSKALETXEAK - EUSKONEWS & MEDIA 72.ZBK 24-31 DE MARZO 2000

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domingo, 31 de octubre de 2010

Francisco Igartua, Oiga y una pasión quijotesca


Expreso

Politica
El 8 presentarán libro en homenaje a Francisco Igartua
6-1El libro “Francisco Igartua, Oiga y una pasión quijotesca”, compilado por John Bazán Aguilar, será presentado el próximo 8 de noviembre, fecha en la que se conmemora el 62º aniversario de Oiga, la revista que con acierto dirigió el recordado periodista. Los comentarios estarán a cargo de Fernando de Szyszlo, monseñor Miguel Irízar, Jorge Salmón y César Campos.

En el libro –que narra la trayectoria de un personaje como Igartúa constante en la investigación documentada y el buen periodismo– se consigna el valioso aporte del recordado ‘Paco’ a este noble oficio.

El homenaje por el aniversario y la presentación del libro se llevará a cabo en la Av. La Paz 463, Miraflores, a las 19:00 horas.

“Hemos procurado que estén presentes en dicha reunión quienes conocieron de la personalidad de Francisco Igartua y que, de uno u otro modo, compartieron su esfuerzo por prestigiar al periodismo peruano, además de engrandecer y afianzar la nacionalidad y la democracia en nuestra patria”, manifestó el compilador Bazán Aguilar.

lunes, 25 de octubre de 2010

Oiga


EL ULTIMO CONSEJO DE MINISTROS “He de salir muerto o prisionero” – Archivo Revista Oiga 17/01/1994

TESTIGO de excepción de los dramáticos sucesos de octubre del 48, el doctor Javier Vargas nos reveló -a raíz del fallecimiento del patricio arequipeño- los entretelones del último Consejo de Ministros del gobierno del doctor Bustamante:

"La noche anterior, los jefes de la guarnición de Lima habían expresado su lealtad al gobierno. Grande fue nuestra sorpresa cuando luego presentan un ultimátum pidiendo la renuncia del Presidente. La última sesión la presidió Armando Revoredo. Ahí, se le expuso al Presidente la situación. Analizando el documento, el doctor Bustamante, refiriéndose al planteamiento de su renuncia, expresó que la entrega del poder sólo se podía hacer con la voluntad de quien lo ha entregado, y que en este caso sólo podía devolverlo al pueblo, por lo que rechazaba el pedido. Afirmó después que esta actitud no significaba un apego al poder, sino respeto a este legado sagrado que defendería aun con su vida si fuera preciso”.

El doctor Vargas recordó que cuando el ministro de Guerra, general Torres, luego de reiterar su adhesión al gobierno, expresó su inquietud por la vida del Presidente y sugirió su renuncia, el doctor Bustamante se incorporó de su asiento y exclamó: “No siga usted, señor ministro, yo no saldré de aquí sino muerto o prisionero".

El ilustre patricio cumplió su palabra. No renunció, como falsamente afirmó un comunicado suscrito por el general de brigada Zenón Noriega el 30 de octubre de 1948, y de ello dejó constancia el doctor Bustamante en una carta dirigida al diario 'La Razón' de Buenos Aires, dos días después de la aparición del comunicado. Esto lo corroboró el doctor Vargas mostrando el acta de la última sesión del gabinete, documento que él guardó en su calidad de secretario del Consejo de Ministros y que nos prestó para que lo publicáramos.

Las últimas palabras que dirigió el presidente Bustamante a sus ministros y amigos, el viernes 29 de octubre, luego del triunfo de la revolución y estando a punto de ser deportado, fueron recogidas textualmente por el periódico 'Jornada', en su edición del 13 de noviembre de 1948:

"Soy todavía Presidente de la República. Seguiré siéndolo hasta que trasponga las fronteras de mi Patria, y seguiré siéndolo más allá de esas fronteras, pues es la fuerza la que me saca; pero tengo la satisfacción, modestamente, serenamente, pero firmemente, como cumple a la investidura de un Presidente, de haber dicho a quienes pretendieron que yo entregara el cargo, que formulara mi renuncia, que un Presidente de la República no dimite porque su mandato emana del pueblo".

Hermoso ejemplo de coraje brindado por un hombre que, por sobre todas las pasiones de su época, tuvo como meta la construcción de la democracia en el Perú: José Luis Bustamante y Rivero fue, él sí, un Presidente para 'todos los peruanos'.

"El fue siempre un hombre austero. Incluso, estando en el exilio padeciendo estrechez económica, rechazó el dinero que un grupo de amigos había reunido en una colecta para ayudarlo en ese difícil momento, afirmando que con lo que ganaba con su trabajo bastaba para sostener a su familia". Con estas frases el doctor Vargas evocó la personalidad del doctor Bustamante y Rivero aquella tarde de enero de 1989 en que lo entrevistamos en su domicilio.

Oiga


EL NOTABLE DISCURSO DE BUSTAMANTE RIVERO AL ASUMIR LA PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA 28 de julio de 1945

Señor Presidente del Congreso Nacio­nal:

Me honra sobremanera recibir la in­signia de mi investidura de un ciudada­no como vos, cuya prestancia moral enaltece, mejor que cualquier título, vuestro sitial parlamentario.

Bajo los auspicios de una elección cuya limpieza constituye un soporte moral inapreciable, asumo la Presidencia de la República con la augusta emoción de quien recibe en sus manos el destino de un pueblo y de quien mide las responsabilidades de este tremendo y honrosísimo encargo.

Misión compleja y agobiadora la que, en su múltiple reparto de situaciones, y deberes, ha reservado la Historia al hombre de Gobierno. Tócale a él realizar el anhelado desideratum de la ar­monía en la diversidad. El Estado es la síntesis política de una ordenada con­vivencia humana; y como síntesis fun­ciona a base de cohesión y ensamblamiento. Fuerza es, pues, propiciar y man­tener el concertado ligamen de los fac­tores elementales del conjunto, por va­rios y dispares que ellos sean; pues la más leve resquebrajadura puede poner en peligro la unidad del organismo y acaso hasta su suerte. De ahí que el Go­bernante viva en función perpetua de coordinación y de equilibrio. Difícil quilibrio entre gravedades heterogéneas, ya que no abarca solo la esfera de lo social y lo tangible, sino que incluye también el invisible mundo de los imponderables. Cumple el Estado en el es­pacio y en el tiempo una misión histó­rica permanente, que es preciso avizorar y cautelar; y ante ese imperativo de sustancial supervivencia, más lato que los siglos y menos pasajero que las ge­neraciones, fuerza es que a veces su­fran postergación indeclinable la voz tradicional de los intereses y la vehemencia reformadora de los idealismos. Con el espíritu en alto y la visión ten­dida lejos, el conductor de pueblos está llamado a transformar en cosa depura­da y consistente ese acervo de oro y de barro, de gemas y de arcilla, para dar a su obra solidez y grandeza y preser­var, con celo imperturbable los eternos atributos de la nacionalidad.

Nuestra época, pródiga en formidables experiencias, convulsionada de dolores y clamante de anhelos, ha impuesto nuevos deberes a los hombres de Estado. Movianse estos dentro de un ámbito de fronteras, con panorama circunscripto a los limites individualistas de su propio aislamiento. Pero hoy el Mundo se rige por conceptos más universales, en los que son apenas medios de buena administración las marcas fronterizas y en que, por encima de ellas, campea y se difunde la noble inquietud unificadora de la solidaridad humana. Dentro de este nuevo espíritu, la misión del Estadista cobra inusual amplitud. El campo de las relaciones internacionales adquiere un sentido fundamental de cooperación e interdependencia. En la explicable pugna entre la tradición aislacionista y el humanismo innovador se estremecen las soberanías con reticente actitud de defensa; y el receso de la diplomacia contemporánea traduce las angustias de un mundo que trata afanosamente de conciliar las instituciones del pasado con los ideales del porvenir. En medio de este debate a la vez trágico y grandioso y la llamarada de la guerra envuelve en duelo gigante la regresión y la revolución y libran su batalla decisiva el ímpetu militarista y la concepción democrática, el imperialismo económico y los sagaces postulados de la igualdad jurídica. Tras la contienda enorme la humanidad llega, sangrante, a una unánime conclusión: la necesidad de una convivencia en la paz. En una paz sin arista ni rencores, hecha de equidad y buena fe. En una paz organizada y de derecho, donde el consorcio de voluntades sea universal compromiso, y donde el juego de los intereses de cada Estado se ajuste y acomode al interés supremo de la comunidad de naciones.

Y aquí surge la nueva y transcendental función del hombre de gobierno. No es ya solo el intérprete del sentir de su pueblo en lo que atañe a la solución de sus propios problemas; sino el prudente coordinador de las aspiraciones nacionales con el sistema general de paz. A él está reservada la tarea de sancionar el régimen de las obligaciones colectivas sin desmedro de la personalidad del Estado; de orientar el criterio de la evolución interna en consonancia con los postulados políticos-sociales del organismo mundial; y de afirmar, de fronteras a dentro, ese mismo sentido de concordancia, de libertad y de compresión que hoy sirve de puntal y garantía a las relaciones internacionales. Siempre la nítida línea de la austeridad y la mesura; siempre la visión alerta de quien otea un rumbo en que cualquiera desviación es un extravió; siempre el deber de equilibrio ante los requerimientos de la pasión y el egoísmo, de la rutina y la improvisación.

En el Perú, el proceso sociológico ha sido la causal determinante del proceso político. Madurada la conciencia cívica tuvo eclosión arrolladora el propósito de perfeccionar el sistema electivo a base de una verídica autodeterminación popular. Quería incorporar a nuestra vida interna un régimen de sanas libertades. Quería, sobre todo, cancelar intestinas diferencias, para poner, en amplio ges­to unitario, la integridad de sus esfuer­zos al servicio de la nación. El auspicio­so programa se ha empezado a cumplir. Un soplo de vitalidad orea el aletargado ambiente del indiferentismo ciudadano; y un nuevo clima espiritual remoza en estos momentos las esperanzas del país. Las generosas palabras con que el Presi­dente cesante, doctor don Manuel Pra­do, ha expresado su esperanza en mi gestión gubernativa, fortifican, como nuevo acicate, mi decisión de darme por entero a la causa nacional que tan ardorosamente he asumido.

Mi presencia en este austero recinto de las leyes interpreta y simboliza ese movimiento de opinión. Vengo del llano del apolitismo, sin prejuicios pequeños ni fatuos alardes. He acudido al llama­do de mis compatriotas como un nexo de fraterna armonía, sin otro acervo en mi bagaje que una recta intención. Y entre abrumado y optimista, llego a la primera magistratura del Perú, sope­sando en mi espíritu la magnitud de mi tarea y confiado en la eficacia de la ayuda de todos.

Me propongo, en el ejercicio del mandato, cumplir con los deberes que la moral política y los requerimientos de la hora señalan al hombre de Go­bierno, tanto en lo interno como en lo internacional. Mi línea está trazada en público documento -el Memorándum de 13 de marzo- que el consentimien­to de mis electores me ha hecho el ho­nor de refrendar. Allí está mi progra­ma. El próximo período se caracteriza claramente como una etapa de transi­ción, que servirá de ensambladura a dos momentos antagónicos. Uno, el de ayer, influido por inquietudes políti­cas y plausibles afanes de organi­zación. Otro, el de mañana, en que cabe esperar el advenimiento de una e­ra de madurez democrática y de fir­me y científico desarrollo de las fuer­zas potenciales de la nacionalidad. Es el paréntesis intermedio el que me toca presidir. Dentro del campo constitucional, se impone realizar un reajuste de las instituciones jurídicas, a tono con la emoción que hoy alienta en el mundo; y dar al pueblo la seguridad de que su vida habrá de desenvolverse en un clima de paz cordial, sin extremos de dictadu­ra ni de demagogia, sin leyes de excep­ción ni alardes disolventes de rebeldía. En el campo económico la acción gu­bernativa se dirigirá al fomento de las actividades del trabajo y a la planificación sistemática de la administración fiscal. En este terreno, la labor ha de ser predominantemente educativa hasta crear en las conciencias un sobrio senti­do de abnegación y renunciamiento pa­ra afrontar las estrecheces de la crisis post-bélica y promover, con el gradual concurso del Estado y de las clases poderosas, una organización más robusta de la justicia social. En el aspecto cultu­ral, precisa un noble y emocionado empeño por cultivar en nuestro pueblo los dones del espíritu y los hábitos de la civilización; y una juiciosa liberalidad que le permita ampliar sus horizontes intelectuales mediante el fácil contacto con el pensamiento del mundo. En la vida de relación, el esfuerzo se dirigi­rá a secundar con decisión, pero también con digna autonomía de criterio, empeño de dar forma sólida y duradera al organismo de la paz y la seguridad mundiales; a vigorizar la amistad entre el Perú y los demás Estados, muy par­ticularmente los que integran la vasta comunidad americana, a quienes nos li­gan especiales vínculos de historia, de vecindad y de comunidad de intereses; y a echar las bases de un consorcio in­ternacional más activo, oficial y priva­do, con los demás gobiernos y con el capital extranjero, para estimular la producción y obtener una coordinación realística y sensata de las actividades del comercio exterior.

No pretende este esbozo constituir un plan integral de gobierno. Aspira sólo a sentar bases para un periodo futuro de más altas realizaciones. La vida de los pueblos no se cuenta por años sino por siglos; el ritmo de su avance se traduce mejor en el paso menudo y cauteloso que en el salto bri­llante o audaz. Es tan sutil y comple­jo el engranaje de los fenómenos socia­les que, salvo circunstancias de muy probada urgencia, el recurso revoluciona­rio debe ceder la primacía a una segura y natural evolución. Desenvolverse es persistir. La complicada trabazón de los elementos integrantes del Estado moder­no supone en ellos un armonioso desa­rrollo si el proceso ascensional de su perfeccionamiento ha de correr parejas con su estabilidad. Lo contrario es afec­tar en el conjunto la línea de las proporciones, o introducir en la estructura un factor de desequilibrio. En el Perú, el problema fundamental es un problema de hombres. No hay posibilidad de finanzas generosas sin una sólida economía fundada en el trabajo; ni administración correcta sin un fondo indi­vidual de honestidad; ni progreso de la cultura sin respeto de la persona humana; ni política estable sin una plena conciencia de los deberes cívicos; ni gravitación internacional sin un firme y orgulloso concepto del patriotismo.

Estimular esos valores fundamentales y primarios es la labor del gobernante. Estudiarlos calladamente, sin que importe para el caso la ausencia de sonoridad o de lustre. En las naciones como en los individuos la formación de la personalidad, integralmente concebida en lo físico y en lo espiritual, es una obra educativa en que la plenitud sólo se adquiere a costa del desvelo tenaz de cada día. La educación es un proceso, y no en manera alguna una creación del instante. Como el maestro, el estadista va venciendo paciente su jor­nada, sin vistas a la definitiva consagración. Y puede sentirse ufano sí, a la vuelta de los días, ha logrado, como el maestro, ser en su pueblo un forjador de hombres. Sobre la base del factor hu­mano, la evolución de los Estados es hacedera y rápida en el campo de la riqueza, de la influencia y de la felicidad.

A los ciudadanos incumbe prestar al nuevo régimen todo el caudal de su colaboración en esta sustantiva tarea de crear en el país una disciplina moral. No cuentan para ello diferencias ideológicas ni posiciones políticas. No cons­tituyen obstáculo antiguas pugnas de partido ni recientes discrepancias electorales. En la obra colectiva deben te­ner su parte todas las tendencias, desde el Gobierno o desde el llano. Frente al común anhelo de renovación, la magna­nimidad cederá el puesto a los conceptos rígidos de doctrina o de grupo. La flexi­bilidad política no está reñida con la pureza de los principios. Buscar la com­prensión no es claudicar. Apenas hay un mal más deprimente de la virilidad de un pueblo que el mal de la sumisión. Queden en buena hora desterradas de nuestro ambiente oficial las actitudes sumisas. En el plano de una bien enten­dida cordialidad patriótica, caben la li­bre discusión de las ideas y la alturada discrepancia de los puntos de vista. Y acaso en este intercambio de concep­tos y pareceres estribe la garantía del acierto en las decisiones. Lo que fun­damentalmente significa la cooperación con el Poder es la honorable coinciden­cia en propósitos de bien público. Y pienso que esta coincidencia es, por fortuna, un feliz atributo de la peruanidad. El Gobierno, por su parte, cum­plirá en este orden sus propósitos de unificación nacional, dando a todos ga­rantías dentro de la ley, buscando el mérito allí donde se encuentre y abrien­do a los diversos sectores la oportuni­dad de compartir con él la iniciativa y el esfuerzo. Dentro de este amplio cri­terio, inspirado sólo en el ideal de la Patria, podremos la ciudadanía y yo realizar la misión que nos señala nues­tro fervor por el futuro del Perú.

Debo aquí dedicar un saludo y un voto al nuevo núcleo de ciudadanos que se incorporan a la vida política nacio­nal. El Partido del Pueblo viene a in­tegrar el organismo del Estado con un fuerte bagaje de juventud e iniciati­va. Llega a la función pública pleno de emoción social, de dinamismo construc­tivo y de inquietud renovadora. El ha de ser, sin duda, en el régimen que hoy se inicia, factor importantísimo de una evolución acelerada y eficaz. Mucho es­pera el país de su concurso en capacidad y en desinterés. La labor parlamentaria ha sido escogida por el mismo como campo de su actuación oficial. Yo formulo el augurio más cordial y sincero de que habrá de responder a estas nobles expectativas y de que, con su aporte, el Perú marcara una etapa floreciente en la prosecución de su destino histórico.

Señores Representantes:

Pocas veces el Parlamento del Perú se vio llamado a cumplir un cometido de más alta trascendencia que le reserva este período. Os toca tarea de animar con un nuevo espíritu la estructura legislativa del país, dignificando la función del Legislador y dando a vuestra obra un contenido científico e integral. Habréis de normalizar el imperio de nuestra Constitución y estudiaréis el plan orgánico al cual hay de ceñirse nuestro desenvolvimiento cultural, social y económico. El campo y la ley es hoy más ancho que nunca y su concepto ha roto, por fortuna viejas y estacionarias definiciones. Si hasta ayer legislar fue traducir en formulas obligatorias las exigencias de la necesidad social del presente, ahora legislar es intuir los desenvolvimientos a veces prodigiosos, del porvenir. Antes acomodaba el legislador la marcha de su pueblo a las experiencias adquiridas tratando de interpretar en los preceptos legales el consenso de los hombres dentro de un estado social. Hoy el parlamentario se adelanta a los hechos, procura prever la nueva conformación de la sociedad para preparar a los hombres a vivir a tono con ella. De este modo, la ley, que pretendía ser sólo ante todo una expresión de realismo, se convierte en nuestra época en un arte de previsión. A la luz de estos conceptos se nos plantea el deber de conjugar la realidad ya lograda con las perspectivas futuras y el rígido consejo de la técnica con los todavía cortos medios de realización de las finanzas. Nuevamente el equilibrio, como en toda obra de gobierno, reclama por sus fueros; la ley viene a erigirse en juicioso instrumento de tránsito entre lo actual y lo venidero. Vosotros conocéis sobradamente este delicado mecanismo; y estoy seguro de que el acierto de vuestros actos de legisladores ha de consagrar la solidez de vuestro prestigio. En aquello que le toca, el Poder Ejecutivo se propone secundar los propósitos del Congreso y observar para con él una política de alto y leal entendimiento. La colaboración de ambos Poderes, dentro de los cánones de recíproco respeto consagrados por el Derecho Público, es condición ineludible de eficacia en la vida institucional del Estado; y será por ­lo mismo, norma constante de mi Administración.

En el destino de los pueblos, marcan su huella inevitable las influencia de cada época y la voluntad de los hombres; pero actúan también, en un mudo trabajo de misterio, otras fuerzas ignotas e invisibles, que traen su raíces del pasado remoto o pertenecen a una esfera más alta que la simplemen­te humana y perecedera. Volvamos, pues nuestros espíritus a esas fuerzas tutelares en esta hora solemne de emoción nacional. Que la voz de nuestros muertos y los manes de nuestros Libertadores señalen mi camino; y que Dios, Supremo Gobernante del Universo, me depare la inspiración magnánima y serena de su eterna sabiduría.

martes, 12 de octubre de 2010

Francisco Igartua - Siempre un Extraño

A la hora del aseo diario, en algún momento, sea en la ducha, frente al espejo o sentado en el wáter, a Francisco siempre le asaltan imágenes, ideas, recuerdos, saudales, proyectos en el aire. En su hora de divagar sin ataduras, a pesar, en los últimos meses, de la insistencia autoritaria de Gustavo:

“Tienes que escribir un libro que sea historia de los últimos cincuenta años vividos por ti”.

“No fuiste objetivo con Alan García. A él no lo trataste tan finamente como a Prado. No le distes el beneficio de la duda. Lo atacaste desde el comienzo. Antes de su primer mensaje al país. Antes de asumir la presidencia el 28 de julio de mil novecientos ochenta y cinco”.

Lo que pasa –replica en sus divagaciones Francisco – es que detrás de lo escrito, de todo lo documentado, de lo que se llama historia, hay una superficie más íntima, un otro lado escondido, muchas veces más esclarecedor que el documento escrito, algo que se quedo sin escribir.

No fue arbitraria la oposición que mantuvo Francisco –desde el arranque– contra el presidente Alan García. No fue producto de su pésima opinión sobre el APRA, que venía de años atrás. Fue por un hecho muy objetivo, mejor dicho por una expresión sumamente reveladora, que Francisco tomó partido, desde el inicio, contra Alan García. Lo hizo como director de Oiga, el semanario que refundó al dejar Caretas. Ocurrió en un desayuno, en casa del poderoso empresario pesquero Isaac Galsky, a pedido –según cree Francisco- de Alan García, en esos momentos presidente electo, o sea poco antes de asumir el mando, de cruzarse la banda presidencial en el pecho y recibir el titulo de Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, cargo que daba la impresión de subyugarlo tanto como la presidencia. Fue un desayuno íntimo, al que asistió, además del esplendido y bondadoso anfitrión, el doctor Jorge Pastor, eficaz consejero legal de Galsky. Fue un desayuno con manjares tan especiales que sólo al acaudalado y solícito Isaac Galsky se le ocurre ofrecer. También fue largo ese desayuno. Se habló de todo y Francisco aprovechó la ocasión para insistir en dos puntos: en señalar que el problema número uno en el Perú era el terrorismo, principalmente el de Sendero y en la necesidad de licenciar a toda la policía para crear otra nueva, totalmente distinta, con asesoramiento extranjero y con una moral remozada. –Lo que no quiere decir que vayas a aprovechar la ocasión para hacerla aprista. Alan García era muy aficionado al tú—, por eso te insisto en que la nueva organización sea conducida por una misión extranjera, la que evaluaría al personal con limpia foja de servicios, los únicos que tendrían opción para reintegrarse a la nueva institución. La mayoría de la actual policía esta corrompida hasta el tuétano y no sirve para nada, ni siquiera para ser reformada. Y es la policía, con su servicio de inteligencia, la que debe combatir al terrorismo.

Alan García le dio la razón a Francisco, aunque le hizo un chiste sobre la apristización de la policía, por lo que Francisco interpreto que eso –aprovechar a la policía para su partido– era lo que pensaba hacer. Sobre el terrorismo García fue tajante y lanzó una frase tremenda: –Los voy a liquidar como sea. No voy a tener piedad. Francisco no se imagino las masacres en las cárceles que ocurrían no mucho después. Matanzas que alegraron las estrechas mentes de mucha gente de derecha, porque tontamente creyeron que con esos asesinatos quedarían aniquilados los comandos de Sendero. (Todavía no había caído el muro de Berlín y el marxismo estaba vivo en las universidades, canteras de nuevos cuadros senderistas).

No sólo se habló de política. Alan García es hombre ameno, de simpatía desbordante, conversador ágil, amigo de hacer bromas. Por ejemplo, de pronto se volteó y le dijo a Galsky: – Si te llaman, no contestes el teléfono. No quiero cadáveres en la mesa. Se refería a la tarea que cumple en la comunidad judía el audaz pesquero. Galsky estaba encargado de una misión nobilísima, aunque nada agradable: se ocupa de lavar a los muertos. Apenas muere un miembro de la comunidad judía, sea rico, pobre ó mendigo, Galsky sale como bombero al recibir el aviso. Abandona cualquier reunión, por importante que sea, y acude a la casa del fallecido para cumplir con el rito del lavado. Un gesto que muestra los afanes espirituales, el alma delicada, de un hombre que se apasiona haciendo negocios: -yo soy industrial por las circunstancias. Mi vocación es comprar y vender, es el comercio. Alega también no ser político. Su política, dice, es “ayudar a los gobiernos para que los peruanos podamos hacer buenos negocios”.

La conversación que era cordial y distendida, cambió de un momento a otro gracias a Alan. Bruscamente se enfrentó a Francisco: – Ustedes los periodistas están acostumbrados a calumniar y que no les pase nada. Ahora las cosas van a cambiar. Tú, por ejemplo, has dicho e insistido en Oiga que Corea del Norte me dio dos millones de dólares en una caja de zapatos. ¡Eso es una calumnia! Por lo pronto, allí no entran dos millones de dólares. ¿Sabes qué venia en esa caja? – ¿Sólo cien mil?– Alan García se puso más colérico: -Había una paloma de cerámica y se ve en las fotos que tomaron dentro de la embajada. (En esos momentos Corea del Norte no tenia embajada sino una delegación comercial, que se convirtió en embajada durante el gobierno aprista). –Bueno, seria paloma, pero los rumores hablaban de dólares y nosotros recogimos esos rumores… de fuentes muy confiables, que nos merece fe. Y aquí, alzando la voz, Alan García replico con una frase que dejo frio a Francisco y desconcertó a Galsky y a Pastor. – ¡Tú crees que con dos millones de dólares yo me iba a quedar aquí!

Era una confesión que lo desnudo. En aquellos momentos era presidente electo y se pronunciaba como el estudiante bohemio que había sido en Europa y nunca dejaría de serlo en sus entretelas íntimas. Francisco nada le contestó. Se quedó mudo unos minutos, anonadado por lo que acababa de escuchar. Fue Alan el que reanudó la charla en torno amable, sin tomar en cuenta ni sospechar lo que había dicho. Volvió la cordialidad en la misma forma exabrupta con la que inició sus violentas quejas por el rumor hecho público de la caja de zapatos, “con una paloma de cerámica dentro, no con dos millones de dólares”. Cuando acabo el desayuno y se despidió Alan, amigable y palomilla como le gustaba ser, Francisco le comentó a Galsky:

-¿Cómo se puede apoyar a un irresponsable, que ha dicho lo que ha dicho? ¡Que con dos millones de dólares no se queda en el Perú! Y ya Alan es nada menos que el presidente de este país. Galsky le rogó a Francisco que no fuera a escribir sobre el tema. El hecho había ocurrido en su casa y él había invitado al amigo a una reunión informal, no al periodista. Naturalmente que Francisco no reveló la frase de Alan García, pero su opinión sobre el flamante presidente ya la tenía formada. Con esas pocas palabras Alan García se había desnudado moralmente ante él.

Por ello el primer editorial sobre prado, aunque escéptico, no tenía la dureza con la que Francisco trató al presidente García desde el mismo 28 de julio de mil novecientos ochenta y cinco. Sin dejar de añadir excesivos elogios a su elocuencia indiscutible.

Había diferencia entre los dos presidentes, aunque en algo se parecían. En la frivolidades. También se parecían en la afición de los disfraces militares, pero en dirección inversa. Alan García, que venía de abajo, prefería el titulo y las insignias del jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, mientras que don Manuel Prado, que venía de arriba y le encantaban las condecoraciones en el frac, prefería el uniforme de teniente del ejército, sin una sola medalla. Teniente era el grado que se entregaba a los universitarios al acabar sus estudios. Y es seguro que a Prado le debió fascinar el apodo que la chispa limeña le coloco: el de “Teniente Seductor”.

Archivo Revista Oiga

domingo, 10 de octubre de 2010

Francisco Igartua - Huellas de un destierro

La presencia de Clemen trajo la paz

Sin embargo, no todo fue lecho de rosas en esos primeros tiempos de la familia en México. Aparte de la soledad, que afectó a todos, hubo algunos contratiempos graves. Y los peores los sufrió la pequeña Maite. Para ella fueron muy difíciles sus primeros pasos en la escuela, una escuela que correspondía a la misma organización inglesa del colegio San Silvestre de Lima, donde había comenzado sus estudios. Lo que parecía en teoría un simple cambio de salón de clases resultó siendo un trasplante muy desagradable. Fueron problemas colegiales verdaderamente serios, que fueron agravados por el carácter reservado de Maite, tan tremendamente introvertido que no le permitía explicar en casa las dificultades a las que se enfrentaba con sus flamantes compañeras y compañeros de estudios. Tanto Clemen como yo, la veíamos deprimida, con una inmensa tristeza en la mirada, pero no atinábamos a descubrir el motivo.

–Aquí la gente es distinta y Maite debe extrañar a sus amigas... Habrá que esperar...

El colegio estaba ubicado en San Ángel, lo que había obligado poco después al traslado de la familia de Polanco al moderno y acogedor departamento arrullado por las campanas del convento carmelita de San Ángel, con la taquería El Lobo Bobo a la puerta, y cercanísimo al Sanborns de las tertulias del mediodía. Allí permaneceríamos hasta el retorno al Perú, previo largo paseo por Europa, donde fracasó mi intento de convencer a Clemen para que radicáramos en Euskadi, el País Vasco.

Fue un error, una torpe equivocación, eso de esperar a que los problemas de Maite en el colegio se resolvieran solos, pues no se trataba de simple añoranza por Lima y sus amiguitas limeñas –añoranza que fue cierta un momento– sino de algo muy grave que sólo advertimos cuando la tristeza de Maite se fue acentuando. Solamente entonces comenzamos a sospechar –lo que era verdad– que la niña sufría malos tratos de sus compañeras de clase. Así era: un grupo de perversas criaturas –la maldad de la infancia es maldita– había tomado de yunque a la recién llegada y Maite no sabía cómo defenderse ni atinaba a buscar ayuda, ya que encontró en el colegio un único mirar afectuoso, el del “Cholo” García Márquez, el hijo del Gabo.

Se trataba de un hecho muy serio sin duda, pero que nada tenía de sorprendente. Es frecuente en las escuelas esa reacción en contra de los novatos. Pero ¿cómo hacerle frente al problema? ¿Cambiarla de colegio como ella insinuaba?... Eso no era fácil y más por la época, a mitad del año escolar... ¡Y los trajines que había costado inscribirla en esa escuela!

Lo que de primer momento no sospechamos era que teníamos en José Luis Cuevas –el gran pintor mexicano– y su mujer, Berta, dos ángeles de la guarda. Ellos eran los que habían ayudado en los trámites para la matrícula de Maite y fueron ellos, sobre todo la practicidad de Berta, los que prontamente solucionaron los pesares de Maite. El remedio fue simple: supieron por sus hijos, que estaban entre los malvados, lo que ocurría con Maite y de inmediato los cabecillas del complot contra la recién llegada recibieron tremenda reprimenda y la amenaza de severísimos castigos si no componían su incivilizada y estúpida conducta... Pronto se encontró Maite con amigas que estarían entre las mejores de su vida. Mucho lloró por ellas cuando dejó México y muchos años tardó para dejar de escribirse con ellas.

Hice buena y rápida amistad con José Luis Cuevas, a quien había conocido en Lima, años atrás, en una visita al Perú del pintor mexicano; hecho que Cuevas me recordó y que a mí se me había borrado. Y fueron las circunstancias de aquella visita, según Cuevas, el motivo de que se sintiera obligado a devolverme las atenciones que recibió de los limeños. Fue muy amable José Luis conmigo y mi familia, y creo haber conocido bien a aquel niño caprichoso y bueno que es Cuevas. Eximio y cruel dibujante, José Luis ha retratado con perversa minuciosidad el ambiente lúgubre y desgarrado de su ciudad, sobre todo a los personajes de la periferia marginada. Pero en el trato personal la crueldad del pintor desaparece por completo y sale a relucir el enfermizo egocéntrico, el infantil y bondadoso caballero que es ese señor mayor con cara y modales de encantador hombre joven...

Se reunía con cierta frecuencia conmigo, sobre todo en el restaurante San Angel Inn, una vieja casona donde acampó Pancho Villa antes de tomar la capital mexicana, la ciudad entonces lejana, que se agrupaba alrededor del imponente Zócalo. Allí, en el San Angel Inn, me encontré con las curiosas dificultades que hay que pasar en el ambiente intelectual y político de México, donde las enemistades son enemistades. Hasta en dos oportunidades, por ejemplo, estando con Cuevas, me encontré con el cariñoso Rufino Tamayo, el genial pintor a quien había conocido a través de Gody Szyszlo y a quien Cuevas no quería “por su entrometida mujer, no por él”... Pero yo ya había aprendido a ser gentil con el amigo Tamayo cuidando de que Cuevas no sintiera el afecto de mi saludo... Bueno, así es México. Y también allí, como en todos los rincones del mundo, no deja de haber algún interés en las relaciones humanas. Mi atractivo era ser director del Suplemento. Situación que me permitió en más de una oportunidad pagarle a Cuevas sus amables atenciones dándole cabida en el periódico para que soltara al público sus angustiados y personalísimos desahogos de niño travieso y en una oportunidad de hijo doliente por la muerte de su madre.

José Luis Cuevas y Berta nos abrieron generosamente las puertas de su casa y allí tratamos con frecuencia en comidas y recepciones a las estrellas de la intelectualidad y la política de México. Reuniones puntillosamente reservadas a quienes no tuvieran fricciones de ninguna especie con los dueños de casa. En este punto, de no tropezar con enemigos, el cuidado es tan extremo que muchos piden la relación de los invitados para excusarse si alguno de éstos está registrado en su lista de indeseables. Lo que ocurrió en una oportunidad, por ejemplo, con Octavio Paz. Vio en la relación de invitados a una recepción en casa de los Cuevas a Gabriel García Márquez y se excusó.

–¿Por qué?– preguntó extrañada Clemen.

–Porque él es amigo de Mario Vargas Llosa –respondió Cuevas, a quien el gesto de Octavio Paz le pareció excesivo, pues era tomar partido en pleito ajeno.

Pero así es México, complicado y querido... Tan complicado, que dejó estupefacto a Pablo Neruda cuando advirtió que: “las artes y las letras se producían en círculos rivales, pero ¡ay! de aquel que desde afuera tomara partido en pro o en contra de algún personaje o de un grupo: unos y otros le caían encima”. De esto fue testigo muy directo Mario Vargas Llosa cuando tuvo un desentendimiento con su amigo Octavio Paz. Todos los intelectuales mexicanos, enemigos y amigos de Paz, se sintieron agraviados por Mario Vargas.

En esas fechas se había producido el escándalo del puñete que le propinó Mario al Gabo, noqueándolo, lo que desató un escándalo periodístico y la guerra entre los dos divos de la narrativa latinoamericana.

Yo fui testigo excepcional de aquel célebre match de box de un solo golpe y muchos bemoles...

Ocurrió un día en que se estrenaba en México una película con guión de Mario Vargas Llosa. Era un film que relataba un accidente de aviación ocurrido años atrás en los Andes. Accidente muy difundido por la prensa cuando ocurrió y extremadamente truculento: los sobrevivientes al impacto con la montaña, un grupo de muchachos uruguayos, lograron mantenerse vivos hasta que llegó el rescate gracias a que se alimentaron con la carne de los viajeros muertos. Este acto de canibalismo lo lograban disimular haciendo pequeñas bolas con carne y nieve que luego tragaban cerrando los ojos y procurando no recordar a los amigos desaparecidos... Los bloques gigantes del hielo andino hacían de congeladora... y el “alimento” duraba sin término en buenas condiciones. Argumento semejante explicaba por qué Patricia, la mujer de Mario, no estaba al lado de su marido entre los asistentes a la función. Le hubiera sido imposible soportar el filme. Su hermana había muerto en una tragedia aérea.

Por culpa del endemoniado tránsito de la ciudad, llegaba yo tarde a la función y me bajé del taxi frente al cine, pero en el lado opuesto de la ancha y arbolada avenida donde éste se alzaba. Crucé los jardines corriendo y, antes de llegar a la puerta, me pareció ver a un grupo de gente conocida –Elena Poniatowska y la China Guzmán entre otros– atendiendo a alguien postrado en una banca del parque. Pero pasé sin detenerme, pensando que ya no encontraría en el cine a los que me sentía obligado a saludar. Sabía que allí no podía faltar Benjamín Wong y con esa perspectiva no debía estar ausente en un acto cultural al que asistirían Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y todo México intelectual...

Al entrar me di con el hall vacío y la sala de proyección ventilándose con las puertas abiertas... ¡Llegaba tarde, ya todo había concluido! Sin embargo, al voltear la cara a la derecha, en un salón de espera, con bar, vi gente... Me acerqué y me di con el siguiente cuadro: al centro del lugar, en silencio absoluto, colocados como en fila de actores saludando frente al público, diversas figuras de las artes y las letras mexicanas miraban al vacío, entre ellos Mario, en medio, con Benjamín Wong a su lado. No vi a nadie más que a los dos. Y de primer momento creí, por el natural egocentrismo humano, que el silencio sepulcral lo había producido mi presencia... Pero me animé a avanzar y saludé con un corto abrazo a Mario, que estaba hierático, y al darle la mano a Wong éste me jaló suavemente y me dijo al oído:

–Hace dos minutos ha estado tendido en el suelo que está usted pisando Gabriel García Márquez... Mario le dio un solo golpe y lo noqueó, diciéndole: “esto por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona”.

Me quedé petrificado y me añadí a la fila entre Mario y Wong. El silencio siguió cortando el aire. Hasta que Wong, siempre al oído me preguntó:

–¿Sabe usted quién es esa persona de rasgos orientales sentado en un taburete del bar?

Yo sonreí para mis adentros y le informé al chinísimo Wong:

–Es Kasuya Sakay. Trabaja en Plural con Octavio Paz. (Todavía no había dejado Paz la revista de Excelsior y fundado Vuelta).

–¡ Ah!

Sakay, un oriental como Wong, pero japonés, estaba junto a una de las Pecanins, la que saludó con un tímido gesto de la mano.

El fúnebre silencio continuaba y entendí que el grupo de afuera, en la banca, atendía a García Márquez. Luego supe que lo trataron con un trozo de carne, un grueso bistec, que adquirieron en una carnicería vecina y se lo aplicaron al ojo como compota.

Nadie se movía. Parecía un acto teatral en el que la escena se inmoviliza y queda en silencio. El primero en reaccionar fue Wong. Y otra vez a mi oído:

–Creo que lo más prudente es que usted se lleve a Mario.

–Yo no tengo movilidad.

–Los llevo yo. Mi auto espera en la puerta.

Cogí a Mario del brazo y, en compañía de Wong, partiendo el silencio de los inmóviles ahí congregados, salimos los tres del cine y abordamos el auto que nos abrió el chofer de Wong.

–Al hotel Génova– ordené.

(Ese encantador hotel, el Geneve, al que no se sabe por qué razón se le llamaba Génova –¿sería por la cercanía de la calle con ese nombre?–, hoy ha sido fagocitado por una de esas cadenas para las cuáles no existen personas sino tarjetas).

Recién unos minutos después de partir hacia el hotel habló Mario. Estaba preocupado por lo que diría la prensa. Wong se comprometió a tratar de reducir al máximo la publicidad del escándalo.

–Porque será imposible callarlo por completo. Ha habido demasiada gente relacionada con el periodismo a la hora de su gancho de derecha, mi estimado Mario...

Los tres reímos, pero conteniéndonos. El asunto no estaba para bromas...

–Yo creo, Mario, que estás ofuscado por la reciente posición del Gabo y has querido disimular tu enojo político con eso de “por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona”... Pero así has agravado tu desborde boxístico... Aunque no es hora de lamentar sino de lograr que los periódicos sean discretos y eso queda en las buenas manos del señor Wong.

Al poco rato, gracias a la habilidad del chofer, estuvimos en la puerta del hotel, en la Zona Rosa. Wong se despidió y los dos bajamos del auto y directamente fuimos al cuarto. Patricia esperaba a Mario con los cañones listos para disparar y disparó. Estaba enterada de todo.

–¡Imbécil! ¡Creeetino!... ¿Qué te has creído?... Me has puesto a mí de hazmereír público.

Y voló una lámpara por el aire en dirección a la cabeza de Mario.

–Me ha llamado la Gaba, medio mundo... ¡Eres un imbécil! ¡Creeetino!...

El fuego de Patricia iba creciendo y las lámparas volaban por los aires en búsqueda de la cabeza de Mario, quien, hierático, no abría la boca... Me deslicé al teléfono y llamé a Clemen. Era la única que podía apagar el incendio. Yo no me atrevía a soltar una palabra.

A pesar de la distancia y del tránsito, Clemen llegó en pocos minutos y su presencia tuvo la virtud de que se aquietaran las llamas. Se acercó a Patricia, le habló y la hizo reflexionar... Hubo un largo y quieto silencio, que yo me atreví a romper:

–Lo prudente, me parece, es que salgamos a cenar –y así fue.

A pie nos dirigimos los cuatro a un restaurante cercano, creo recordar que era de comida alemana, y durante la cena no se volvió a tocar el tema como no fuera para hacer unos chistes medidos, muy mesurados, hasta insulsos. La presencia de Clemen había traído la paz.

Al día siguiente los periódicos no fueron un modelo de discreción, aunque sin exageraciones. Y el ambiente que rodeó al “suceso de la semana”, que amenazó un momento con volverse una riña de dimes y diretes de barrio bajo –”mi marido no se acuesta con feas”–, por fortuna, en pocos días se esfumó.

Archivo Revista Oiga

jueves, 7 de octubre de 2010

Oiga - Manuel Vicente Villarán

Manuel Vicente Villarán

Por: Enrique Moncloa Diez Canseco

Mañana, hace un año falleció el doctor Manuel Vicente Villarán. La congoja que ahogó nuestros corazones por la muerte del incomparable maestro, por acción inexorable del tiempo va disminuyendo lentamente; en cambio, se agudiza y acrecienta cada vez más, el silencioso, íntimo y profundo homenaje de la admiración y del recuerdo permanente. Pasado un año todavía laten en nosotros, las palabras que el doctor Basadre, pronunció más a nombre del Gobierno, como su sincero admirador y con las que, principalmente, destacó la fecunda labor que realizó Villarán, en beneficio de la educación nacional. No olvidamos la semblanza que el doctor León Barandiarán, a nombre de San Marcos, hizo del doctor Villarán, como talentoso alumno, como catedrático ejemplar y como sabio rector. Recordarnos las be­llas y emotivas palabras de Víc­tor Andrés Belaúnde, sobre las extraordinarias virtudes del maes­tro, del ciudadano, del abogado y del hombre sensible y bueno, así como la hermosa y sentida oración que escribió José Quesada; y, la magnífica nota de Caretas, con motivo de su muerte.

Villarán fue admirado y respe­tado por sus profesores, colegas, discípulos, colaboradores, amigos y hasta por sus enemigos políti­cos. No puedo dejar de referir en este breve escrito, algunas de las muchas ratificaciones de esta aseveración. Generaciones enteras de San Marquinos, recuerdan su calidad como alumno, su extra­ordinaria capacidad como Cate­drático, el inconfundible sello de su rectorado y principalmente, su amor por la Universidad. Sin em­bargo, como admirador de Villa­rán no puedo dejar de lamentar que San Marcos, al momento de la muerte del hombre cuya vida, formaba parte de la tradicional, de la vieja casa, no le brindara las aulas en donde él, fue brillan­te y generoso en la enseñanza; ni los alumnos, ni los ex-alumnos de la antigua Universidad, prestaran sus hombros, sobre los que debió haber sido llevado el maestro, hasta el sagrado recinto de su úl­tima morada. Los hombres de antaño y los jóvenes de ahora de San Marcos, olvidaron el ejemplo de la Universidad Católica con José de la Riva. Agüero.

En el año 1906; Villarán introdujo en el Perú el estudio de la Filosofía del Derecho y revolucionaba la enseñanza del Derecho Natural en inolvidables lecciones, que convertían sus clases en conferencias magistrales. A pesar de su poca edad, el joven Catedrático, era ya admirado por su sabiduría, su talento y su severi­dad.

El alto aprecio que los colegas tenían por Villarán se palpaba a cada instante. En otra oportuni­dad, cuando los jóvenes Abogados, enterados de que el doctor Villa­rán después de mucho tiempo de no haber informado en la Corte Suprema, iba a hacerlo, nos apresuramos a escucharlo por primera vez. Allí estábamos apretujados a en las bancas de la Sala, para escuchar el que fue último infor­me del egregio defensor.

Fue muy grato escuchar cómo el colega que llevaba el recurso, antes de iniciar la defensa de su cliente, elogiaba la presencia del insigne Abogado. Después, en su turno, y ante la expectativa gene­ral, el maestro Villarán, con elegante sobriedad, inició su informe. Allí pudimos comprobar cómo era cierto que la figura del maestro, se agigantaba cuando defendía la vida y pedía justicia. Allí tuvimos; los jóvenes Abogados, la oportunidad de apreciar aquella asombrosa claridad -que era leyenda en el Foro- con que el doctor Villarán exponía sus ideas y argumentos y aprendimos esa día, más que nunca, que la solidez de la doctrina unida a la luminosa exposición, resultaban, en el insigne maestro, de una contundencia incontrastable. Al día siguiente un notable abogado, decía que el doctor Villarán, además de sus grandes virtudes, había si­do el mejor expositor.

La admiración general, que constituye un extraño caso de unidad, en este país tan complejo y des­concertante la ganó sin desearlo el doctor Villarán, con su propio esfuerzo, con su vida ejemplar, con aquella línea moral, que cons­tituyó su mejor patrimonio y que hizo que su nombre sin mácula, signifique en el Perú, “leyenda de honestidad”.

Antes de su sepelio, ví llegar hasta su capilla ardiente, algunos personajes ignorados que contritos y consternados balbuceaban fra­ses entrecortadas: “Yo fui alum­no del maestro”. A otro eminente abogado le oí decir: que “Villarán es el hombre que más he admira­do en el Perú”.

El doctor Villarán además, fue admirado por aquellos hombres, abogados brillantes que lo acompañaron y sirvieron con devoción hasta que murieron. Don Carlos Arana Santamaría, aquél gran se­ñor y jurisconsulto, hizo un culto de su amistad con Villarán. Pa­ra ellos la amistad estaba por encima de la inteligencia, la sa­biduría, el poder o la riqueza. El doctor Manuel C. Gallagher, con su estilo peculiar, logró de la severa prestancia del maestro, muchas de sus claras sonrisas; y el doctor Marisca, eminente abogado de cuya muerte Villarán nunca tuvo noticia, se esforzó toda su vida por marchar en el sendero ejemplar de su maestro.

Todos en su Estudio, pudimos gozar, durante los últimos años de su vida, cuando perdía la vi­sión y era más débil su andar, de su cariñosa generosidad, de su amable sencillez, de su incompa­rable modestia, de la severidad con que apreciaba los hechos que tenían relación con la con­ducta y de la profunda seriedad con que consideraba todos los problemas. Era placentero verlo cómo, durante sus últimos días en el Estudio, gozaba callado e íntimamente, en el viejo sillón de su escritorio, cuando tenía algo que enseñar; parecía que revivían en su espíritu, los inolvidables días del joven y ardoroso maes­tro, enamorado de su cátedra. Le satisfacía y nos deleitaba, con la narración de sus viajes, con sus anécdotas viejas; nos hablaba de su afición a la pintura y sus flores; empero, nunca nos habló de sus triunfos o de sus glorias. Cuan­do alguien, respetuosamente, le sugería que hiciera el viaje de descanso que su salud precisaba, respondía que tenía que trabajar para vivir. Decía que a pesar de su larga vida, no había aprendido a valorizar su trabajo. Estas frases, eran la égida de su generosidad. Siempre sonreía de su timidez para tratar asuntos pecuniarios. Hasta el fin de su ad­mirable vida ejerció dentro de la noble tradición del abogado que sólo vive del honorario profesio­nal.

Cuando alguien escribió en un diario que el Dr. Villarán había percibido un honorario descomu­nal, él sabiendo que la afirmación era inexacta, por tratarse de un asunto estrictamente personal, no desmintió la información que fal­samente lo hacía aparecer en una opulencia que no tuvo, pero que mereció como el que más.

Villarán escolar brillante en Guadalupe, demostró un talento extraordinario en la Facultad de Derecho de San Marcos; fue maestro ejemplar y sabio rector de la Universidad; fue quien ha­ce más de 50 años planteó, valien­temente, la necesidad de una revolución de la educación en el Perú; que sobre la base de una educación moderna y una sana cultura, anhelaba un país culto, rico y progresista. Luchó siempre por dar a su patria el respaldo de una instrucción técnica que fuera la columna fundamental de una economía sólida y libre. Fue notable jurista, amante del dere­cho de las gentes y preclaro es­tudiante permanente de los Pro­blemas del país; fue un ciudada­no intachable, de silencioso coraje que enseñó con el ejemplo sien­do casi un niño el 95 y ya de Ministro en 1909 que “el deber está por encima de la vida”. Gran patriota y maestro incomparable de la vida sin egoísmos ni ambiciones, era por todas las virtu­des referidas el hombre más capacitado para gobernar el Perú. Parecía imposible que siendo Villarán candidato, no fuera Presi­dente. Es por ello que es inolvidable el imperdonable agravio de 1936. En esa oportunidad, la cultura del país no estuvo a las alturas del maestro. Sólo el amor de su muy amada esposa, la ternura familiar, el cariño de sus amigos y la admiración de sus discípulos, con la generosidad inmensa de su noble y bien tem­plado corazón, pudieron doblegar ese dolor. El doctor Villarán no permitió jamás que el rencor y la envidia, salpicaran, siquiera, el límpido sendero de su tranqui­lidad espiritual y silencioso co­bo el paso breve de su caminar, se retiró de la vida política, en paz con su conciencia y con la íntima satisfacción de no haber descendido jamás, al campo de la demagogia, ni haber pecado de engañar al pueblo, con hipócri­tas, halagos o falsas promesas, ni haber bebido en oscuras fuentes de contubernios denigrantes. En cambio, mantuvo siempre inflexi­ble el maravilloso pendón de su gallarda honestidad.

El ejemplo del doctor Villarán, la pureza de su conducta, su vi­da ejemplar, deben conocerla, estudiarla y recordarla siempre con patriótica admiración, las futuras generaciones del Perú, para que, cuando la Providencia, quiera concedernos el privilegio excepcional de que nazca en el Perú, otro hombre como Manuel Vicente Villarán, se le haga jus­ticia y se le aproveche.

Sólo nos queda el consuelo, de sentir que el muy querido e in­comparable maestro, marcha triunfal pero siempre sencillo y silencioso desde hace un año por el sendero de la historia, bañado de luces inmortales, al lado de los grandes hombres del Perú.

Lima, 20 de febrero de 1959.

Fuente: Archivo Revista Oiga – Epistolario Doctor Manuel Vicente Villarán

Oiga - Manuel Vicente Villarán

MANUEL VICENTE VILLARÁN

Por: Jorge Basadre


Discurso pronunciado por el Ministro de Educación, Dr. Jorge Basadre, en el sepelio del Dr. Manuel A. Villarán.

Señores: El Gobierno de la República cumple un acto de justicia estricta al dar la solemnidad de duelo nacional al sepelio del doctor Manuel Vicen­te Villarán y al rendirle altísimos honores, seguro de que, con ellos, se adelanta al veredicto insobor­nable de la historia.

Villarán empezó muy temprano su carrera de abogado y, casi al mismo tiempo, ingresó a la docencia universitaria. Su talento se delineó desde la primera juventud con los rasgos seguros de una ponderada madurez. Era el cuarto de una dinastía jurídica. Al lado de su padre, Rector de San Mar­cos, catedrático ilustre, y después de él, supo llevar con elegante sencillez el peso abrumador de aquella gerencia destacándose por méritos propios, avan­zando por su ruta serenamente sin arrogancias y sin estridencias, sin temor y sin sorpresa, subiendo sin embriagarse, no dejando nunca las señales delatoras de los encumbramientos inmerecidos y prematuros y ejerciendo, más bien, pronto, sobre sus colegas, sin pretenderla, una hegemonía de maestro.

Tenía 24 años cuando pronunció en la apertura del año universitario de 1900 su discurso sobre las profesiones liberales en el Perú. Lejos de la erudición decorativa y del alarde retórico, hizo allí el planteamiento concreto de la desviación de las clases medias en nuestro país, orientadas hacia la inflación de grados y de títulos; e hizo el análisis franco del sentido decorativo, intelectualista y aristocrático de la enseñanza, postulando, en cambio, ella necesidad de crear riqueza conseguida por el tra­bajo útil y el dominio y la explotación de nuestro potencial, única base posible para la efectividad de la democracia. Pocos años más tarde, en las tesis para sus grados en la Facultad de Ciencias Políti­cas desarrolló Villarán estas ideas, propugnando una orientación realista, técnica y económica en la educación nacional. Parece hoy como si hubiera visto entonces los tiempos distintos que llegaban, la necesidad de crear otro estado de cultura, para la creciente riqueza que debía extenderse a nuevas capas. Su actitud no implicaba, por cierto, una profesión de fe materialista como lo demuestra su memorable discurso sobre “La Misión de la Universi­dad” pronunciado en 1912 en el que, si de un lado pintó las deficiencias tradicionales de esa multisecular institución, al mismo tiempo formuló un ponderado programa de reforma para ella, dentro del cual debían estar incluidos los estudios de cultura auténticamente desinteresada y humana.

Tal fue el ideario educativo de Villarán, enseñanza realista apropiada al ambiente que llegue hasta las clases medias y populares capacitándolas para la lucha económica, superación de la arrai­gada tendencia a convertir el colegio en antesala de la Universidad, facilitación de las carreras prác­ticas y técnicas de acuerdo con la situación y las necesidades del país; enseñanza teórica y especiali­zada para los hombres selectos cualesquiera fuese su origen social; y, en ambos casos, contacto con el medio, sentido de la historia, amor a la tierra importando del extranjero únicamente, como lo di­jo en ocasión solemne, lo que en ella se puede sembrar, incitación a la vida simple y honrada, apre­cio de las tareas sencillas y útiles, culto al trabajo sin precipitaciones ni concupiscencias y al pensamiento metódico, claro, concreto y directo.

Lo que Villarán predicó, en suma, fue un credo educativo genuina y sobriamente democrático, frente a las oligarquías preocupadas ciega y egoístamente por conservar o incrementar sus privilegios, frente a los reaccionarios con nostalgias coloniales, frente a las crudas teorías o a las vacías fórmulas surgidas por las importaciones ciegas de recetas extranjeras y frente a la negación violenta de los radicalismos iconoclastas. Fue el suyo un programa para una burguesía progresista, y emprendedora con raíces y savia populares, que debía tener la mirada crítica o analítica ante el pasado sin renegar de la tradición liberal, social y humana que en él alienta y debía conjugarlo con la esperanza de un porvenir mejor que era menester encarar únicamente por medio del esfuerzo y la perseverancia.

Ministro de Justicia, Culto e Instrucción en 1908, echó las bases del perfeccionamiento de maestros peruanos en el extranjero y de la venida de técnicos extranjeros en funciones de asesoría y colabo­ración, a la vez que propició el régimen de las ins­pecciones en los establecimientos de enseñanza así como la reforma educativa. Su gestión quedó interrumpida poco después de empezada, al estallar el movimiento revolucionario del 29 de mayo de 1909 durante el cual expuso voluntaria y audazmente su vida al acompañar por las calles al Presidente de la República secuestrado y vilipendiado, dando hermosa lección de valor físico, altivez cívi­ca y lealtad personal.

Si fue así brevísima su trayectoria como Minis­tro, dedicó, en cambio, largos años de su vida a la abogacía, Para el ejercicio de ella tuvo la voca­ción, lo que los libros no enseñan. Estudiantes y profesionales jóvenes de muchas generaciones, a­cudieron a escucharle cuando informaba en el Pa­lacio de Justicia. Orador de límpido razonamiento, sin relámpagos, de fácil elocución, parecía que más que la defensa de su clientela, ejercía una magis­tratura. Habiendo podido enriquecerse, mantuvo esa fuente de vieja honradez de la raza que ni la frivolidad ni el aturdimiento crecientes de los dé­biles o de los vanos han llegado a extirpar. Cola­boró de modo principal en la reforma procesal ci­vil, espontáneamente iniciada a principios del pre­sente siglo, en gesto ejemplar, por un grupo de profesionales y magistrados; y evitó los desbordes pe­ligrosos en la posterior reforma procesal penal sos­teniendo con altura y vigor una notable polémica periodística como Decano del Colegio de Abogados. Fue, como pasa en países de mentalidad volcánica o sísmica donde es fácil hallar políticos, oradores o poetas, esa planta rara, el jurista que fue abo­gado con unción de juez y dialéctica de legislador. Riqueza del subsuelo sin el abono de calores multi­tudinarios ni alarde ornamental.

La tarea profesional afortunada bien pudo acaparar todas sus horas de trabajo. Pero, al lado del Derecho, su gran devoción fue, mientras lo de­jaron, la Universidad. Renovó en su tiempo la enseñanza de la filosofía jurídica dándole una orientación sociológica para luego consagrarse a la del Derecho Constitucional. En esa cátedra, que situó el nivel de los grandes maestros universitarios anglosajones, estudió con amor a las grandes demo­cracias aun en los tiempos en que su moda pareció superada por la ilusión falaz de los autoritarismos. Al relacionar por vez primera el proceso de las Cartas Políticas del Perú con nuestra estruc­tura social y nuestra sicología colectiva, abrió un camino de anchos horizontes no sólo en sus clases sino también en sus estudios sobre las Constitu­ciones de 1823, 1826, 1828 y 1834, las costumbres electorales y la posición de los Ministros y que debieron integrar un libro nunca terminado.

Cuando en 1921 fue hollado el Poder Judicial e invadido el recinto universitario, encabezó gallardamente al grupo de catedráticos que optó por el receso de San Marcos. Al año siguiente una votación honrosa, sin sorpresa ni disentimiento de nadie, lo llevó al Rectorado. De su gestión truncada que­ con la preocupación por la biblioteca, que él tuvo desde años antes y prolongó muchos años después, por el museo de arqueología, por la extensión cul­tural, por la Ciudad Universitaria que con detalle proyectó en los terrenos de la avenida Arenales por él obtenidos, a lo cual se agregaron memorias y discursos perdurables. La política con sus durezas y sus vulgaridades no lo dejó proseguir; se vio obligado a renunciar y emprendió entonces, como catedrático de Derecho Constitucional y como ciu­dadano, solitaria campaña principista contra la reelección presidencial y cuyo único premio fue el Destierro.

En el anteproyecto de Ley de Educación de 1928 y en el anteproyecto de Constitución de 1931 fijó específicamente sus ideas, caudal de aguas límpidas que en gran parte se per­dió en las arenas. Pero la exposición de motivos de 1931 será un documento clásico de nuestra realidad política pese a su concisión precisa y urgente, pues tuvo el don raro de ver las cosas desde arriba en sus líneas esenciales. Abierto su espíritu a los más vitales problemas del país, nunca se confundió, sin embar­go, con la multitud ni tuvo con­tacto directo con el pueblo, ni se cubrió con el polvo de los cami­nos criollos. Por ello quizás, y so­bre todo, porque fue tardía su candidatura presidencial de 1936, no logró éxito. El entonces, silen­ciosamente como otras veces, de­jó sangrar sus heridas sólo para adentro.

Estudiando su personalidad de hombre que jamás dio la impre­sión de que se sentía frente a un micrófono o a un fotógrafo, al­gunos podrían pensar que no ca­bría llamar descomunales virtu­des a calidades tan espontáneas y que sus materiales anímicos eran sencillos, pero estaban ellos combinados de modo tan singu­lar que, en conjunto, no lo eran. Porque conoció desde temprano la parte seria de la vida, practi­có sin sacrificios las abstenciones. Se dijo que era frío; pero quie­nes lo conocimos bien sabemos que en el fondo de su alma chispoteaban, dando calor y abrigo los troncos añosos de la bondad. In­capaz de simular la sonrisa lison­jera o el abrazo fácil, sabía ser irrevocable en el afecto y cordial sin familiaridad. Algunos de sus mejores escritos son discursos en homenaje de amigos fallecidos, co­mo Javier Prado o César Antonio Ugarte. Bello es en la vida haber sido el huésped de un gran cora­zón; después de esa experiencia uno se siente alentado permanen­temente por un estímulo invisible. Y eso es lo que ocurrió con mu­chos de los que tuvimos la suer­te de tratarlo: Tenía el difícil don de inspirar en quienes lo com­prendían, confianza sin reserva y respeto sin temor. Carente de jac­tancias, se podía confiar en sus promesas. Era grave sin ser adusto, reflexivo sin ser solemne. Hom­bre de principios, carecía, de prejuicios. Modesto, no llegaba a ser humilde, porque se respetaba a sí mismo. Si sufría, era en su dignidad; no en su vanidad. Ante la mala acción, la intriga, la male­dicencia, reaccionaba con alergia orgánica, radical. Los gestos de a­critud o destemplanzas, los juicios acerbos o sarcásticos, no hallaban en él el clima favorable. Se sen­tía a gusto, en cambio, dentro de los conceptos serenos y justos y las calificaciones moderadas y equitativas. Poseía esa reserva in­teresante que es el recato de los hombres y duplica su atracción. La afición por la pintura, en la que reveló condiciones que asombraron a Bacaflor, así como para los libros, los viajes, la historia y las charlas íntimas, evidenciaron la riqueza de su mundo interior. Se comprende ante espíritu de tanto refinamiento y delicadeza que la acción pública en general y, sobre todo, la vida política, de­bieran infundirle disgusto y hasta rechazo; y que sólo pudieron lle­varlo a ellas eventualmente razo­nes de puro patriotismo amparadas por un sentido estoico y en­marcadas dentro de un profundo, desinterés.

Los embates de la vida le rati­ficaron en el retiro de sus últi­mos años esa alta condecoración que ni el decreto ni el diploma ni el sufragio pueden jamás con­ferir ese blasón de nobleza que es muy difícil conservar intacto y que consiste tan sólo en la paz moral. Fue apagándose lentamen­te dejando la indecible tristeza de una hermosa vida que terminaba en inexorable anochecer. Quizás, pensó en esa etapa que hallábase acompañado nada más que por quienes a su lado o muy cerca de él estaban. Hoy el Perú lo acom­paña y lo honra en homenaje espontáneo en el que están ausen­tes significativamente las presio­nes de la política, la adulación ante el poder económico, la fuer­za de los sectarismos, el ajetreo de las camarillas o el exhibicio­nismo de las demagogias; y en el que no caben tampoco las vacuas palabras de los panteoneros de nuestros burocráticos olimpos. Al honrar a Villarán, y de ello dejo constancia solemnemente como Ministro de Educación, el Perú se honra.

Fuente: Archivo Revista Oiga – Epistolario Doctor Manuel Vicente Villarán