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DORIS GIBSON PARRA Y FRANCISCO IGARTUA ROVIRA

DORIS GIBSON PARRA Y FRANCISCO IGARTUA ROVIRA
FRANCISCO IGARTUA CON DORIS GIBSON, PIEZA CLAVE EN LA FUNDACION DE OIGA, EN 1950 CONFUNDARIAN CARETAS.

«También la providencia fue bondadosa conmigo, al haberme permitido -poniendo a parte estos años que acabo de relatar- escribir siempre en periódicos de mi propiedad, sin atadura alguna, tomando los riesgos y las decisiones dictadas por mi conciencia en el tono en que se me iba la pluma, no siempre dentro de la mesura que tanto gusta a la gente limeña. Fundé Caretas y Oiga, aunque ésta tuvo un primer nacimiento en noviembre de 1948, ocasión en la que también conté con la ayuda decisiva de Doris Gibson, mi socia, mi colaboradora, mi compañera, mi sostén en Caretas, que apareció el año 50. Pero éste es asunto que he tocado ampliamente en un ensayo sobre la prensa revisteril que publiqué años atrás y que, quién sabe, reaparezca en esta edición con algunas enmiendas y añadiduras». FRANCISCO IGARTUA - «ANDANZAS DE UN PERIODISTA MÁS DE 50 AÑOS DE LUCHA EN EL PERÚ - OIGA 9 DE NOVIEMBRE DE 1992»

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«Cierra Oiga para no prostituir sus banderas, o sea sus ideales que fueron y son de los peruanos amantes de las libertades cívicas, de la democracia y de la tolerancia, aunque seamos intolerantes contra la corrupción, con el juego sucio de los gobernantes y de sus autoridades. El pecado de la revista, su pecado mayor, fue quien sabe ser intransigente con su verdad» FRANCISCO IGARTUA – «ADIÓS CON LA SATISFACCIÓN DE NO HABER CLAUDICADO», EDITORIAL «ADIÓS AMIGOS Y ENEMIGOS», OIGA 5 DE SEPTIEMBRE DE 1995

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LIMAKO ARANTZAZU EUZKO ETXEA - CENTRO VASCO PERU

LIMAKO ARANTZAZU EUZKO ETXEA - CENTRO VASCO PERU
UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO

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«Siendo la paz el más difícil y, a la vez, el supremo anhelo de los pueblos, las delegaciones presentes en este Segundo Congreso de las Colectividades Vascas, con la serena perspectiva que da la distancia, respaldan a la sociedad vasca, al Gobierno de Euskadi y a las demás instituciones vascas en su empeño por llevar adelante el proceso de paz ya iniciado y en el que todos estamos comprometidos.» FRANCISCO IGARTUA - TEXTO SOMETIDO A LA APROBACION DE LA ASAMBLEA Y QUE FUE APROBADO POR UNANIMIDAD - VITORIA-GASTEIZ, 27 DE OCTUBRE DE 1999.

«Muchos más ejemplos del particularismo vasco, de la identidad euskaldun, se pueden extraer de la lectura de estos ajados documentos americanos, pero el espacio, tirano del periodismo, me obliga a concluir y lo hago con un reclamo cara al futuro. Identidad significa afirmación de lo propio y no agresión a la otredad, afirmación actualizada-repito actualizada- de tradiciones que enriquecen la salud de los pueblos y naciones y las pluralidades del ser humano. No se hace patria odiando a los otros, cerrándonos, sino integrando al sentir, a la vivencia de la comunidad euskaldun, la pluralidad del ser vasco. Por ejemplo, asumiendo como propio -porque lo es- el pensamiento de las grandes personalidades vascas, incluido el de los que han sido reacios al Bizcaitarrismo como es el caso de Unamuno, Baroja, Maeztu, figuras universales y profundamente vascas, tanto que don Miguel se preciaba de serlo afirmando «y yo lo soy puro, por los dieciséis costados». Lo decía con el mismo espíritu con el que los vascos en 1612, comenzaban a reunirse en Euskaletxeak aquí en América» - FRANCISCO IGARTUA - AMERICA Y LAS EUSKALETXEAK - EUSKONEWS & MEDIA 72.ZBK 24-31 DE MARZO 2000

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sábado, 15 de noviembre de 2014

1995-2015

Cuando la callada no es buena respuesta
FRANCISCO IGARTUA

FRANCISCO IGARTUA
Director Fundador
Fondo Editorial Revista Oiga
Muchos lo vieron así: como gesto dramático de un padre doloroso que sale en defensa del hijo hallado en falta. Pero no sólo fue eso la emotiva presentación de Luis Bedoya Reyes en la pantalla del Canal 5 el domingo pasado. Fue algo más. Fue una lección muy alta de valor paterno y una gravísima acusación pública que no puede ser pasada por alto, dando la callada por respuesta.
El doctor Luis Bedoya Reyes, uno de nuestros más altos repúblicos y políticos de mente lúcida que mereció ser presidente, salió en la televisión como león herido en defensa de su hijo. Pero no salió a disculparlo —lo halló pecador—, lo hizo para defenderlo legalmente y para protestar, altivo, por la forma aprobiosa y gratuita como fue detenido y puesto en prisión.
Lo habían tratado como si fuera un peligroso criminal de la banda de Los Destructores y no como lo que es: un ciudadano con residencia conocida y familiares respetabilísimos, que no rehuía a la justicia, ante la que se había presentado oportunamente.
Con su alegato, Bedoya Reyes volvió a poner bajo sospecha el incivilizado modo con el que se está deteniendo y encarcelando a los acusados de complicidad con la dictadura, con sus crímenes y latrocinios; pues ese bárbaro proceder con olor a venganza, a ensañamiento, no enaltece sino rebaja a quien lo emplea.
Pero el doctor Bedoya Reyes no salió a pedir favor sino a reclamar, con entereza, justicia; por lo que no se mordió la lengua y acusó directamente al responsable de la inexplicable maldad: a uno de los ministros de la transición, ya que la policía actúa por órdenes superiores y no por capricho. En el doloroso trance que le ha tocado vivir en la plenitud de su vida, dando muestra de fuertísimo carácter, sobreponiéndose a las lágrimas, el sereno repúblico tuvo también ánimo para examinar los hechos considerados delito y confrontarlos con los de descargo.
Llegó a la conclusión de que los descargos disminuyen considerablemente el terrible pecado de su hijo, quien acudió al tenebroso Montesinos en demanda de ayuda para derrotar a sus desarmados adversarios en las elecciones miraflorinas. Un hecho a todas luces imperdonable en un opositor al régimen; aunque no delito, pues el padre probó que el hijo recibió la ayuda sin entregarse al fujimorismo, ya que más tarde, desde el despacho de la alcaldía, se negó a cumplir las órdenes que recibía de la contraloría fujimorista para acusar de malos manejos administrativos a Femando y Alberto Andrade. Sin embargo, siendo correcto el alegato del doctor Bedoya Reyes e injusta por lo tanto la estadía de su hijo en la cárcel, no puedo dejar de advertir mucha mayor gravedad que el padre en la falta o el pecado de Luis Bedoya de Vivanco, quien no es claro está, delincuente, pero sí grandísimo pecador, ya que moral y políticamente resulta aberrante que se aliara con la dictadura para derrotar, suciamente, a su adversario Andrade y dañar así, de carambola, la imagen del hermano, Alberto Andrade, en aquella época el más firme contendor del candidato Fujimori, el déspota reeleccionista. Fue el favor mayor que, entonces, podía hacérsele al régimen nefasto.
En todo caso, la intervención televisiva del doctor Luis Bedoya Reyes ha sido una lección dramática de trágico valor humano, de nobleza patriarcal, de fiero instinto paternal. También de cívica indignación ante la irresponsabilidad de ciertos acusadores y los métodos abusivos y violentos, nada democráticos, usados estos días para detener y encarcelar a los acusados, salvo extrañas excepciones que acrecientan los interrogantes que no debieran tener la callada por respuesta.


Fuente: El Comercio, Jueves 8 de febrero de 2001.  Sección Editorial a15
Edición y Compilación: Jhon Bazán & Josu Iñaki Bazán

miércoles, 20 de junio de 2012

COFRADIA DE NUESTRA SEÑORA DE ARANZAZU DE LIMA 1612-2012

LA VOZ DEL PATRIARCA
PRESENCIA Y RECUERDO
FBT: a diez años de su partida
Introduccion por Jhon Bazan Aguilar

Fernando Belaunde Terry es más que un personaje de la política peruana. Su deceso, ocurrido el 4 de Junio de 2002, hace diez años, privó al Perú de uno de sus hombres más notables, un verdadero referente de la decencia que por años distinguió a la clase política, hoy tan venida a menos, un caballero de vieja estirpe, un hombre honesto a carta cabal que incluso tuvo que vender su casa para continuar en la política y que se fue de este mundo sin más bienes que el aprecio de sus compatriotas, como lo testimoniaron los líderes de tres agrupaciones políticas en una histórica sesión del Senado de la República, al cumplirse el primer año de su fallecimiento.
Luis Bedoya Reyes, Alan García Pérez y Valentín Paniagua Corazao, líderes identificados con corrientes políticas hasta cierto punto discrepantes, coincidieron en su homenaje a Belaunde como un gran demócrata, como un hombre de su tiempo que dejó una huella a seguir, y que diez años después de su muerte comprobamos que se está olvidando en la política nacional.
No sucede lo mismo, sin embargo, en el corazón del pueblo, donde la figura de FBT, el Hombre de la Bandera, se agiganta conforme pasan los años. Quienes lo conocieron en su faceta de político, quienes bebieron de su conocimiento y sus afanes en su fase de arquitecto, siempre lo recordarán como el personaje que puso al Perú por encima de todo, y que plasmó en frases tan hermosas y aleccionadoras como “El Perú como Doctrina”.
El FBT que nos describen los tres discursos que comentamos a continuación nos describen a un Belaunde comprometido con su tiempo, como lo demostró desde el principio de su vida política presidencial en la histórica reunión de Punta del Este, de la cual retornó triunfador y dueño de su destino, que tiempo después se reflejaría en una segunda presidencia con los votos del pueblo.
Belaunde Terry fue un constructor, un hombre a quien la pobreza era un reto, y quien no solo predicaba con la palabra sino con el ejemplo. Hizo del lema “Los últimos serán los primeros” un apostolado, y allí están para recordarlo su importante obra en el campo vial, en el terreno de la vivienda popular, y en la defensa del territorio patrio como sucedió en tiempos felizmente ya superados con Falso Paquisha.
Estos tres discursos me fueron encargados por el Fundador y Director de “Oiga”, quien pensaba que era un deber de peruano recordar por siempre a Belaunde como uno de los personajes del siglo en que vivió. Por ello es que los he conservado y rescatado del olvido, cumpliendo la atingencia del amigo, y su preocupación por la gratitud histórica que el pueblo le debía a FBT.
Presento pues con admiración estos tres testimonios oratorios que en conjunto trazan un perfil total de Fernando Belaunde Terry, uno de los peruanos ejemplares, a quien la democracia peruana siempre debe recordar.
Inicio profunda reforma del Estado
Por Luis Bedoya Reyes
Cuando se me invitó a participar en este homenaje a don Fernando, pensé en el clásico discurso académico, pero reflexioné: ¿De quién se trata? Se trata de un hombre que por título propio ha entrado a la historia y a quien, desde hoy, la historia sabrá juzgar.
Pero la historia no sólo puede y debe escribirse sobre la base de la información conocida, pública, a partir del dato cierto que viene de una memoria, una exposición o una crónica. Para que la historia referida a una fuerte individualidad que ha gravitado en el destino de millones de hombres sea completa, es necesario que esa historia se abra para conocer la intimidad, la profundidad cierta del hombre de quien estamos hablando, y entonces pensé: antes que escribir y leer más vale dejar libre a la espontaneidad los recuerdos, lo que de él te consta, lo que cerca de él viste, sentiste, experimentaste. Entonces decidí: libra lo espontáneo porque lo que brota así tiene la autenticidad de lo íntimo y de lo sentido.
Hay en Belaunde varias facetas muy propias que han ido mostrándose conforme su vida ha transcurrido. Hay una que siempre me impresionó porque debió aposentarse en él desde la infancia. Siempre fue un hombre orgulloso de su alcurnia y en ella vivió pero simultáneamente sintió la química de atracción recíproca con el pueblo. Nunca abandonó la prosapia de su apellido, la distinción en las maneras, el buen vestir, la elegancia en la frase. Arquitecto por vocación, la euritmia, el equilibrio, era su ley y sin perder ni disimular alguno de esos atributos se desplazaba entre masas humanas y las dirigía como si fuera su natural hábitat.
Belaunde fue un hombre que en todo instante mantuvo el orgullo de sus orígenes arequipeños y de sus apellidos de ancestro: Belaunde y Diez Canseco; y de ellos conoció y aprendió en la voz de su padre durante el largo destierro decretado por la dictadura de Leguía el año 1924. Niño aún, huraño y rebelde, llega a Francia y no es en el Liceo donde va a recibir conocimientos sobre el Perú, sino de su padre quien marca en él –en mi concepto– el más grande y el más profundo de los sellos. Esta docencia constante de don Rafael acompañó a Belaunde a lo largo de su primer gobierno no sólo en el consejo frente a los desafíos que enfrentó ese gobierno sino además en la entereza de las decisiones sugeridas. Don Rafael fue un hombre que además de quererlo entrañablemente sentía al hijo realizado en su responsabilidad. Muchas veces me pregunté: ¿Vería don Rafael en don Fernando cumplidos los sueños que más de una vez abrigó para sí?
Don Rafael debió transmitirle el orgullo del terruño, esa especie de República especial que los arequipeños han creado para sí: chacareros, no hacendados y nunca gamonales; orgullosos de tener apellidos tradicionales no hechos a base de oligarquías o plutocracias sino forjados en esa dignidad provinciana profunda, que nace de sentirse responsables por los demás, por “el común”, en una escala de dirección y responsabilidad que brota espontánea y el pueblo exige en la emergencia y la decisión y los “notables” cumplen como si fuera mandato.
Don Fernando conoció, a través de su padre, no sólo de sus ancestros y de la tierra y tradición arequipeñas, sino que bebió historia republicana en capítulos que tendrían gravitante influencia en su vida y reflejaban la admiración reverente que don Rafael tenía por don Nicolás de Piérola y su liderazgo cívico. De allí nacen esos gestos realmente sorprendentes de Belaunde imaginando al Califa entrando por Cocharcas a caballo y que él lo traduce, emocional y físicamente, en el hombre de la bandera que se levanta un primero de junio y a la dictadura le impone un plazo inmodificable para que su candidatura presidencial sea inscrita.
Es el Califa presentado en el verbo ardiente de su padre de donde debió nacerle a don Fernando esos gestos tan singulares de escapar a nado desde El Frontón, de llegar rebelde hasta Arequipa y hacer barricada con los adoquines de las calles y, ya después de ejercido el poder, de viajar desde el destierro en Buenos Aires para sorprender en Lima al gobierno y presentarse como nuevo Piérola por Cocharcas, hasta que la dictadura lo detiene.
Igualmente, como en las cartas del Califa, tiene esa elegancia precisa y gráfica, llena de colorido en sus expresiones: “El pueblo lo hizo”, “el Perú como doctrina”. Francisco Miró Quesada Cantuarias ha tenido que hacer un esfuerzo filosófico extraordinario para explicarnos en un estudio excepcional –releído por mí tantos años después- cómo era eso de que el Perú fuese doctrina pero, sin embargo y más allá de cualquier debate ¡qué hermosa frase!, qué bien cae, cómo cala en la gente, cómo la gente sin entenderla la vive y es que hay adhesiones y simpatías que están mas allá de la razón cuando al hombre con imaginación y carisma le brota la frase. Suelta una frase que liga y que pega y que nadie se ocupa de preguntar en qué consiste exactamente pero ¡qué bien suena!, ¡qué bien se siente!
Lo mismo ocurre cuando recoge la tradición de la minka y los lemas que gobernaron el imperio de los incas, después de haber recorrido el país con los muchachos que integraban el Frente de Juventudes. Anecdóticamente, recuerdo que en una manifestación de protesta que tuvimos en tiempos del segundo gobierno de Prado, Javier Alva Orlandini que estaba dentro de los que dirigían ese grupo, encontrándonos en el Jirón de la Unión, competía conmigo para ver cuál de los dos era cargado primero por sus respectivos partidarios. En esa protesta callejera y multitudinaria estábamos a la altura de la Iglesia Nuestra Señora de la Merced cuando el médico Enrique Cipriano, dirigente nuestro y padre el actual Cardenal del Perú Juan Luis, recibió una bala en la pierna y ahí alojada lo acompañó hasta su muerte. Fuimos disueltos por la policía a caballo en la Plaza San Martín. Hermosos momentos juveniles en los cuales va apuntando lo que después de aspirantes, llega a ser cada uno en su momento y su tiempo.
En Belaunde, el Califa inspira la belleza en las frases. “Qué importan gotas de mi sangre en esta Plaza donde derramó la suya Túpac Amaru...” dice en el Cusco al ser agredido; y esa inspiración en la frase no nace de un cálculo o de una geometría mental, nace de una espontaneidad que viene de adentro porque se siente. Eso era Belaunde, igual que el Califa pero modelado por su padre don Rafael.
Para mí, nada reúne la belleza breve y casi monosilábica de su última expresión nacida de lo hondo de su alma: “¡Espérame!”. “¡Espérame!”, le dice a Violeta el día de su sepelio, y se hizo esperar lo menos posible porque estaba dispuesto a llegar cuanto antes a encontrarse con la mujer que lo acompañó entrañablemente unida en la etapa más importante de su vida. Hay, entonces, en la biografía de las personas episodios que no resaltan publicados porque termina cogidos por el frío relato oficial y solemne que no hace vibrar como vibra el recuerdo cuando se expresa como conversando.
Belaunde tiene esa primera herencia que lo marca en todo el periplo de su vida desde el año 35 en que regresa al Perú hasta el instante en que muere. Pero este hombre tiene una extraña capacidad de ósmosis, asimila el Perú recorriendo el país, viviéndolo, sintiéndolo y durante toda la campaña con la que se inicia en la política va aprendiendo y sacando conclusiones: Perú, país fragmentado, país parcelado y dividido por sus propias regiones, país invertebrado que tiene que organizarse y, desde entonces, visualiza la necesidad de las carreteras, la necesidad de que los pueblos del Perú a través de la comunicación, en todas sus formas, se integren porque el nuestro no es un país sino varias naciones dentro de un territorio. No es solo la lengua, los hábitos y las creencias las que nos distancian del ande sino que dentro del ande mismo la separación entre el norte y el sur a veces genera pueblos muy diferentes en sus costumbres. No somos una sola nación sino varias naciones superpuestas, unas más profundas que otras.
Belaunde entró, entonces, a conocer en la profundidad de esa verdad cuál es la herencia real, auténtica y todavía viva del pasado prehispánico del Perú, y se inició, políticamente, alternando con capas populares que se sentían postergadas, marginadas. Fue la sencillez de su mensaje, la autenticidad de su palabra lo que convierte ese pueblo en un espontáneo aliado que no lo va a abandonar a lo largo de su lucha.
Algunos historiadores han comparado a Fernando Belaunde como una segunda edición de don Augusto B. Leguía en cuanto a la obra pública. No, Belaunde entendió como Leguía que el camino era el principal factor de integración y, en su primer gobierno, fijó las rutas más importantes pero romántico, soñador al fin, ve más allá y sueña con la Marginal de la Selva. Supongo que Belaunde debió inspirarse en los estudios del Hudson Institute que, por los años 30, dentro de una concepción geopolítica del continente planteó la posibilidad de un camino longitudinal que recorriera paralelo a los océanos todo el centro de América del Sur y que utilizando simultáneamente vías terrestre y fluviales, pudiera conectar el Río de la Plata en la Argentina con el Orinoco en Venezuela.
Ese proyecto aparentemente irrealizable Belaunde lo hizo en el tramo peruano y lo hizo completo. Y demostró ante la risa de algunos tontos que lo imaginaban meramente un soñador que más arriba de la Longitudinal de la Selva podía realmente encontrarse en el recorrido de los ríos confluentes al Amazonas, toda la direccionalidad correspondiente para terminar en el Orinoco. Y él hizo, como explorador, ese recorrido y demostró al mundo y sobre todo a los peruanos que había la esperanza de poder alargar la Marginal de la Selva hasta el Caribe, recorriendo el Orinoco.
Hay en Belaunde, hasta en la obra pública, ese sentido especial y extraño del ensueño, de la inspiración, de no quedarse en lo común, en lo inmediato. Curiosamente, su recurso para eludir el ‘sitiamiento’ que se le hacía para tratar temas que evidentemente no eran de su agrado era cogerlo a uno del brazo, llevarlo por corredores hasta terminar en un gran patio de Palacio y mostrar ahí sus maquetas en que graficaba las obras que tenía proyectadas pero, principalmente, su Marginal de la Selva. Enseñaba lo que estaba haciendo sin decir que no le agradaba tratar el tema del que se estaba hablando.
También hay en Belaunde una evidente decisión para llevar adelante reformas en la estructura del Estado. En su primer gobierno, y me refiero a él porque me tocó estar muy cerca del presidente como su Ministro de Justicia primero y como Alcalde de Lima después, su obra de infraestructura básica cambió y transformó el país en aspectos en los que el país mayormente no ha reparado. ¿Saben lo que significó, por ejemplo, la creación del Banco de la Nación? Que terminaba para siempre en el Perú el dominio del poder del dinero en las decisiones más importantes de la República.
Para mí su primer gobierno es subyugante, y me felicito que Alan García esté aquí ahora porque si bien la confrontación mayor fue con ellos también nos trajo esa etapa política incomparables experiencias cívicas y democráticas. Es que esa generación y la inmediatamente anterior demostraron que en política nacional se puede ser competidores y hasta adversarios pero no necesariamente enemigos, y que la gente puede discrepar, incluso con el hermano, política e ideológicamente y, sin embargo, mantener la fraternidad.
Saludo y alabo siempre que veo reunidos en la misma mesa a personas de tanta diferencia de criterios políticos, más de una vez incompatibles. Por eso cuando me enteré que además de Valentín Paniagua –era normal que aquí estuviera– iba a venir Alan García dije: ¡Que buen ejemplo!, y por eso, Alan, te felicito públicamente.
En la generación anterior hay destacados antecedentes. El segundo gobierno de Manuel Prado, por ejemplo, también enseñó mucho al país en cuanto a buenas maneras y relación con los adversarios, aun cuando tampoco le ha sido nunca reconocido. El convocó al gobierno a quienes habían sido sus enemigos políticos: llamó a un hombre que no quería a los Prado y marcó distancias al escribir su “Historia de la República”, Jorge Basadre, quien fue su Ministro de Educación; llamó a otro hombre que estaba enfrentado a los Prado y principalmente a los de su generación: Raúl Porras Barrenechea designado Ministro de Relaciones Exteriores; llamó a hombres que habían mantenido una actitud relativamente prescindente o lejana como Víctor Andrés Belaunde y Luis E. Valcárcel; pero, sobre todo, llamó y llevó en su segundo gobierno para que manejara la economía del país a su archienemigo, a don Pedro Beltrán.
No hemos reconocido nunca esos méritos a Prado, pero este hombre enseñó modales y formas de la democracia europea que, ojalá, fueran recogidas en la época actual cuando nadie reunía en la votación electoral mayoría absoluta por lo que todo gobierno está obligado a concertar y entender que ya terminó la época de quienes imaginaban verse respaldados por votaciones consagratorias y ser “la última Coca cola en el desierto”, como dicen los muchachos.
Belaunde comprendió la necesidad de un pacto político en 1963; y ahí sí tengo un cuasi secreto. Acción Popular y la Democracia Cristiana se habían peleado muy fuerte, primero en el Parlamento desde el año 57 y después compitiendo en la elección del año 62. Todo parecía indicar que sería imposible una aproximación.
Creo ahora –con el respeto que me merecen las intimidades ajenas- que ya había comenzado don Fernando a mirar con ojos especiales a Violeta porque el artífice de esa conjunción entre la Democracia Cristiana y Acción Popular fue don Javier Correa Elías, padre de Violeta y presidente del Partido Demócrata Cristiano. Y, por lo menos yo, notaba la deferencia con que don Fernando trataba a don Javier. Lo trataba como un hombre al cual –imagino– ya miraba como el hombre que sería en algún momento su suegro. Con esa reverencia tan singular me parecía a veces un muchacho enamorado que hacía méritos ante el padre de ella. Todos hemos vivido esas circunstancias, no importa a qué edad pero la hemos vivido; y cuando nos entregamos, vamos amarrados de pies y manos aunque conservando siempre los hombres la última palabra porque por algo gobernamos y manejamos el hogar y, esa última palabra rendida es: “Sí amorcito”.
Se ha dicho que Fernando Belaunde hizo obra de infraestructura física (caminos, vivienda, irrigaciones) pero no reforma del Estado. Como dijo anteriormente yo observé en Belaunde decisión, por ejemplo, para la creación del Banco de la Nación cortando las derivaciones viciosas que se habían producido alterando el espíritu normativo que debió respetarse en el Banco Central de Reserva y en la Caja de Depósitos y Consignaciones, señalados por la Misión Kenmerer en 1931, llamada por el Perú durante la crisis mundial de los años 30.
Con la creación del Banco de la Nación se quebró el poder político de los bancos privados que gobernaron los directorios de ambas instituciones. La plutocracia –si alguna vez existió como tal en el Perú– perdió su poder político y su capacidad de control sobre las decisiones del poder constitucional. Esta fue, en mi concepto, muy importante reforma en la estructura del Estado peruano.
Pero, donde en verdad se revoluciona política y administrativamente esa estructura es cuando después de 40 años y corriendo todos los riesgos, convoca a elecciones municipales. ¿Que las tenía seguras? Mentira. Soy testigo de extraordinaria excepción porque me pidió varias veces siendo yo su Ministro de Justicia, en el primer gabinete, que fuese candidato a la Alcaldía de Lima y yo me negué con tenacidad desesperada, no sólo porque estaba contento como ministro, sino porque de administración municipal no conocía sino lo aprendido en el curso de Derecho Administrativo en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; además, sin decirlo, sentía esa candidatura como una especie de capiti di minucia, una disminución en mi categoría de Ministro de Estado rebajado a candidato municipal. Veía además mi muerte política pues era fija la derrota por una razón simple: los votos del Apra con los de Odría, unidos ya en alianza, sumaban casi dos veces más que los votos nuestros.
Finalmente acepté, gané y aquí estoy.
Políticamente, Belaunde era sufrido para el castigo y devoto de la Constitución. ¡Cuántas veces golpearon a Belaunde con la censura de sus ministros! Fernando León de Vivero encabezó la lista de quienes censuraron al Ministro de Agricultura porque no contestó en una interpelación cuánto se pagaba por el kilo de pallares en Chincha. No es que no se inmutara cuando le censuraban ministros y especialmente le dolió la censura a Óscar Trelles; sin embargo, Belaunde siempre mantuvo un gran respeto por Haya de la Torre. Recuerdo que siendo ministro por lo menos lo invitó dos veces a Palacio de Gobierno a dialogar. Sabía que del Apra se puede prescindir pero contra ella no es conveniente gobernar.
¡Cuántas veces lo insinuaron sus amigos militares dar un golpecito al estilo Fujimori en 1992! Nunca prestó oídos. No se imaginaba a sí mismo como un hombre que pudiese traicionar lo más profundo de sus ideales y, sobre todo, que pudiera incumplir el más escrupuloso respeto a la ley y a la Constitución. Y sufrió todos esos embates como sufrió lo que nuestra primera experiencia en un Parlamento democrático y plural, con oposición mayoritaria que prácticamente cerraba el camino al gobierno en todo lo que no fuera convenido. No sé si en ese primer gobierno pasó por su mente disolver el Parlamento adverso; pero su voluntad, si hubiera pasado, detuvo semejante idea.
Las dos reformas de Estado, la del Banco de la Nación como recuperación soberana del manejo financiero de la República y las elecciones municipales como devolución al pueblo de su derecho a elegir sus autoridades locales, fueron dos actos que transformaron profundamente la estructura del Estado y que, sin embargo, poco se ha remarcado en su trascendencia.
Lamento la brevedad tirana del tiempo que no me permite relatar sabrosos diálogos cuando nos dirigíamos a presidir e intervenir en congresos y actos célebres realizados en el Palacio Municipal o cuando, sin más compañía que la mía, puso término después de dos horas de diálogo, en forma abrupta, dura y tajante a la reunión solicitada por los más altos dirigentes de la Internacional Petroleum Company.
Pero para el análisis histórico, para que algún día se rinda tributo pleno a un hombre superior, para que no sean simplemente sus gestos externos o sus modos, para que la figura salga nítida y plena como es, a ustedes acciopopulistas que están aquí, les pido que escriban lo que les conste como verdad en la vida profunda y cierta, espontánea y vital de Belaunde, para que cuando se escriba la historia con la serenidad que da el tiempo que es el único que termina haciendo justicia, se pueda escribir con el conocimiento de quienes han relatado lo que vivieron, lo que sintieron y lo que les consta.
Por eso quería venir esta tarde con un testimonio especial porque el derrocamiento de Belaunde en su primer gobierno es un hecho que no se origina en actos de su gobierno y que tendrá que investigarse y explicarse con la tranquilidad del tiempo y vistos los relatos ya escuchados privadamente a sus principales autores. Digo esto porque cuando en 1969 llegué a Nueva York invitado en mi condición de Alcalde de Lima, habiéndome respetado el Gobierno Revolucionario en el ejercicio de la función para la que fui elegido –y no sé por qué, porque el día mismo de la revolución de octubre de 1968 coloqué a media asta la Bandera Nacional en el Palacio Municipal en la Plaza de Armas de Lima, lo que nunca me perdonaron Velasco y sus adláteres– invité a don Fernando a almorzar en el hotel en el que estaba alojado y llegó con Violeta.
Se sintió orgulloso al ser reconocido por peruanos que estaban en el personal de servicio del hotel y por algunas personas connotadas que se aproximaron a saludarle. Y entró a analizar el golpe revolucionario. Fue vehemente y enfático al sostener que su caída fue un “cuartelazo más” en la larga historia republicana de los cuartelazos y noté que no le agradó mi análisis de esos hechos.
Para mí el denominado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas fue una revolución “nasserista” con un signo revolucionario anti - imperialista, anti - yanqui, tercermundista, vecino al mundo oriental inspirado en el pensamiento y gobierno del general Nasser en Egipto; pero fue, además y quizá fundamentalmente, un golpe medido y calculado pensando en otros horizontes y recuerdos. Vivos están muchos militares que participaron y habría que preguntarles por qué hicieron una revolución ambivalente.
Lo único que sí puedo decir ahora como testimonio es que cuando desde Lima y con calificados dirigentes populistas y apristas de esa hora, intentamos comprometer a militares en un contragolpe, absurdo en ese momento por las dimensiones contrapuestas, siempre encontramos la misma respuesta final en oficiales generales: “Quien vaya contra esta revolución es traidor a la patria para nosotros”. Sostengo que nuestros historiadores y politólogos quizá por prudencia, todavía no se han puesto a investigar a fondo cuáles fueron las verdaderas motivaciones del derrocamiento de don Fernando el año 1968.
En la vida política de Fernando Belaunde hay tres etapas: las dos primeras con un mismo signo que fue el retorno a la vida democrática y su afianzamiento institucional. En ese aspecto su segundo gobierno que algún día analizaremos fue más rico que el de 1963-1968. La tercera etapa política de Belaunde fue la de su magisterio como Patriarca, con una autoridad que el pueblo le concedió sin voto y por acto de reconocimiento unánime.
Belaunde ocupó por derecho propio lo que el pueblo ya había reconocido en otros dos patriarcas y desde posiciones muy diferentes: La de don José Luis Bustamente y Rivero, cuya palabra siempre fue docencia y cuya conducta siempre fue ejemplo, y la de Víctor Raúl Haya de la Torre que, anciano ya, entrega su vida en la Asamblea Constituyente y ayuda al Perú a salir de otra dictadura que había durado también diez años y que ya en su ancianidad recoge el respeto de su pueblo por la sinceridad de su palabra, por su entrega permanente a los ideales que vivió y transmitió y en los que murió ejemplarmente.
Si Fernando Belaunde, José Luis Bustamente y Rivero y Víctor Raúl Haya de la Torre pudieran hablarnos en este momento seguramente nos dirían: “¡Déjense de homenajes y asuman responsabilidades porque el Perú está en peligro!”.
Y encontrándonos aquí hombres representativos de la herencia política y moral que esos tres hombres nos legaron podríamos preguntarnos – y esto lo digo a título estrictamente personal -, y se lo digo a Alan García y a Valentín Paniagua aquí presentes con esa misma espontaneidad que he procurado mantener a lo largo de toda esta exposición: ¿No tienen ustedes la sensación de que es la democracia la que está en peligro, que es el sistema democrático el que está en el escrutinio popular y no sólo las personas que hoy nos gobiernan? ¿Hemos tomado conciencia de que como país nos venimos equivocando ya muchas veces y en vez de elegir representantes de fuerzas constituidas nuestro pueblo termina votando a favor del outsider que mejor lo impresiona, y que buena parte de la responsabilidad nos toca a los políticos por no haber educado a nuestro pueblo enseñándole a escoger y decidir y nos hemos colocado en la cómoda posición de quienes solo toman cuentas a quienes gobiernan y se reatienden de su corresponsabilidad política?
¿Me pregunto si no ha llegado el momento de meditar en formas de apoyo y solución a los problemas de un gobierno que día a día tiene más corta la capa de oxígeno y que su colapso nos puede arrastrar a todos y hasta cambiar el curso de la historia de la República por los profundos desencantos de este pueblo? Quizá podamos –y esto también lo propongo a título personal– acordar una tregua benévola que no es una suspensión de hostilidades políticas sino el buen propósito para que el gobierno haga lo que es su deber hacer; por lo pronto, reajustar su presupuesto para atender a la gente humilde a la que realmente no le alcanza lo que gana, cuando gana.
Alguna experiencia puedo exhibir. Después de ocho años de docencia en el Colegio Militar Leoncio Prado enseñando Literatura y Gramática -en plaza que gané por concurso- tengo por dichos servicios una cesantía de 280 nuevos soles al mes que –gracias a Dios- puedo entregar a mi mujer para sus gastos personales y ella me dice que no le alcanza para nada. Yo le respondo: ¿Cómo vivirán hogares de cinco o más personas donde su ingreso total es menor a lo que recibes? Meditemos si no será conveniente y llegado el momento de meternos todos juntos a asumir la responsabilidad que el país nos reclama… Ahí los dejo, para reflexión y en buen recuerdo de don Fernando.
Abrió las compuertas de la participación popular
Por Alan García Pérez
Concurro a este acto de homenaje a Fernando Belaunde no por el protocolo de rendir tributo a una gran figura de nuestra historia en el Siglo XX, sino para agradecer a todos la ocasión de decir algunas palabras de todo corazón y sinceridad por parte de quien –y es una buena ocasión de decirlo– siendo seguidor y discípulo de Haya de la Torre se sintió siempre alumno de Fernando Belaunde Terry.
Nuestras palabras tienen, tal vez, un doble valor: El de hombres e instituciones que se inclinan ante una figura, pero al mismo tiempo, el de viejos adversarios que reconocen la estela y la profundidad de la vida fecunda de Fernando Belaunde Terry.
Él fue para los políticos de antaño y para los del futuro, un ejemplo de tolerancia democrática y de amor a la libertad; y creo que cuando él, extraído por la fuerza de Palacio de Gobierno pisó suelo extranjero, se definió de la mejor manera como yo lo recuerdo. Dijo: “Soy un peregrino de la libertad”. Era el 3 de octubre de 1968.
Porque a lo largo de su vida Fernando Belaunde -del cual fuimos adversarios, y no cabe recordar aquí viejas diferencias, sino el balance global de su existencia, y lo que nos acerca y lo que nos hace amarlo y sentirlo propio- será siempre un ejemplo de peregrinaje por la libertad de tozuda experiencia democrática.
Él, que era hijo de ese gran tribuno, Rafael Belaunde, hombre de lealtad inconmensurable y de amistad con un partido perseguido y clandestino; él que comenzó en 1945 al lado de los apristas de entonces en la experiencia del Frente Democrático, fue siempre un hombre que elevó las banderas de la libertad de expresión, de opinión.
Él, que en 1963 hizo durante cinco años un gobierno del que nadie, nadie, podría levantar mácula en contra de la libertad o de la democracia. Él, que al llegar al gobierno nuevamente en 1980, en un hermoso discurso en este recinto, en esta casa del Parlamento, tuvo como primer gesto devolver a sus legítimos propietarios los medios de comunicación para garantizar que el Perú se expresara con toda libertad, quedará siempre como un ejemplo extraordinario de libertad.
Y como mi antecesor relató algunas anécdotas, quiero contarles a ustedes, populistas en mayoría, que en una ocasión, como dirigente de la oposición, en las muchas veces en que lo visité siendo adversario y opositor, para aprender de él, llegué a Palacio y tuve que atravesar las calles turbadas y bloqueadas por mineros y por maestros.
Era una de las tantas movilizaciones y huelgas del Sutep de entonces, y tuve que valerme de mi condición de jefe opositor para abrirme paso en las calles y llegué hasta el despacho de don Fernando y lo encontré, por única y última vez, entristecido y preocupado.
Sentado frente a él estuve dos minutos en silencio y miré la majestad del poder, la fuerza del Presidente de la República turbada por la tristeza de sentir la ingratitud. Él recordó: “Yo he repuesto a diez mil maestros que fueron expulsados por la dictadura militar”, y hasta el despacho se escuchaba la misma cantinela y el mismo grito de reclamo.
Turbado y contagiado por él, le dije: “Presidente, está en emergencia Lima, usted puede hacer despejar la plaza”.
Y me contestó: “No. Pueden ser ingratos, pueden no tener razón, pero el pueblo tiene derecho a expresarse y a protestar”.
Creo, en segundo lugar, que Fernando Belaunde fue una bella expresión de su tiempo. Lo vivimos los jóvenes seguidores de Haya de la Torre como una rivalidad, pero, ciertamente, él, que se incorporó fuertemente a la política en 1956, lo hizo comprendiendo con su inmensa capacidad de estratega político, que iba en brazos de una nueva clase media creada por los servicios de un Estado que creció durante la dictadura de Odría.
Él comprendió que con esa clase había un talante juvenil distinto, y aquí está el gestor y promotor del Frente Nacional de Juventudes que dio vida entonces a lo que después fue Acción Popular.
Él comprendió a esa clase media industriosa, urbana, nueva, y comprendió que el Partido Aprista, en su vieja lucha y también con sus errores, había dejado un amplio margen para que insurgiera una figura como él.
Juntó, entonces, en su discurso mesoclasista y de proyección hacia el futuro a la juventud tras él, pero, además, les dio una fuerza nueva, recordando lo andino y afirmando a su manera el nacionalismo del Perú.
¿Alguna vez me han preguntado qué fue Fernando Belaunde? ¿Un hombre de derecha, un hombre de centro o un hombre de izquierda? Y recordé de esos apotegmas extraordinarios de su capacidad de expresión, que cuando a él le preguntaron lo mismo. Dijo: “Derecha o izquierda, no. ¡Adelante!”.
Luis Alberto Sánchez, un maestro académico, formado y profundo, nos enseñó a los políticos: Jamás hay que desconocer por completo al adversario, intentar destruir sus cualidades, reducirlo a don ninguno. Decía: “El que discute con don nadie es don ninguno”.
Había que aprender cuáles son las virtudes del adversario, profundizar en su forma de interpretar la realidad, en su forma de expresarla, que no es solamente una apariencia.
Un hombre piensa y expresa bajo una sola ecuación: actúa y pide, siente y se apasiona en la misma forma en que expresa lo que siente, vive y lo apasiona.
Y Fernando Belaunde era un hombre que en su gesto, le bean geste, el bello gesto que él trajo a la política, sabía sintetizar todo lo que tiene el pueblo de lírico, de hermoso, de cántico. Pero no era un hacedor de frases. Lo recordaré siempre como estadista, es verdad.
Creó el Banco de la Nación, y esa fue una enorme revolución. Abrió las compuertas de la participación popular sin temor y en posibilidad de perderlas y por eso las ganó, porque las abrió en las elecciones municipales de 1963. ¡Honor a tal señor!
Fernando Belaunde, con el decreto casi postrero, el 287-HC, construyó y creó la tributación en el país, donde hasta entonces tan poca gente tributaba. Pero esos son los instrumentos y las formas de gobierno.
Un hombre queda en la historia por algo más que eso, un hombre queda en la historia por haber sabido sintetizar en un momento su tiempo, su sociedad, su siglo.
Cuando él juntó clases medias, juventudes y hálito andino, lanzó un proyecto extraordinario del que aprendimos mucho: Cooperación Popular. Este llega con esa extraordinaria capacidad de Fernando, de sintetizar en dos palabras un programa político y del que debemos aprender tanto los apristas que escribimos libros y tenemos doctrinas y teorías complejas.
Fernando tenía la virtud que pocos tienen, de sintetizarlo todo porque lo sentía así. El mismo nombre del partido al que ustedes pertenecen, es toda una consigna de acción: Acción Popular. El mismo lema y la expresión en vida en el espacio en una afirmación altiva y activa de su ¡Adelante! Es una consigna. Cooperación Popular también lo fue.
No fue menester que alguien escribiera un libro sobre los viejos estilos de la juntura en el trabajo de los antiguos peruanos. Cooperación Popular lo dice todo y hasta ahora recuerdo y traigo la memoria de mi ilustre amigo, el gran populista Eduardo Orrego, cuando partió en un tren, cuando partió en un episodio memorable para las juventudes de entonces, en un tren de Desamparados cargado de palas, de carretillas a llevar el auxilio de esos instrumentos a los pueblos andinos.
Belaunde sabía motivar el alma del pueblo, supo despertar en el Perú su otro yo, el yo olvidado, perdido de la amazonía. Pasarán los siglos y a Belaunde se le recordará siempre por esta vocación andina, nacionalista de cooperación popular, pero también por su inmensa obra, la Carretera Marginal, bien dicha y bien llamada “Fernando Belaunde”.
Además, quedará en la memoria de los oradores, de los poetas, de los que se dirigen al pueblo, su enorme capacidad lírica, épica en algunos momentos. Esa capacidad extraordinaria de entender cuando la gente espera una respuesta en un gesto que sintetice toda una teoría, una actitud, un proyecto.
En 1962, el ex dictador Manuel Odría, en plena campaña política en Huancayo, recibió el impacto de una piedra, el resultado fueron ocho muertos entre los manifestantes. Fernando Belaunde fue días después al Cusco y en la plaza del Cusco una contramanifestación lo agredió. Una piedra le impactó en la frente y en vez de responder con balas, como Odría, Fernando subió a la tribuna y dijo, en un gesto maravilloso: “¿Qué valen unas gotas de sangre de Fernando Belaunde en esta plaza donde fue martirizado y descuartizado Túpac Amaru?”.
Él tenía, entonces, todas las de ganar en el Cusco, que comprendía la altura, la grandeza más que la elegancia o el modo, la forma de vivir, las adversidades de Belaunde. Por eso, sus expresiones y su forma de ser ante el país han sido también un recado de él al corazón del Perú.
Seoane, gran orador, trajo alguna vez un recado del corazón del pueblo para Haya de la Torre. Yo digo que Fernando Belaunde dejó un recado de él para el corazón del pueblo en sus múltiples formas de expresión. Yo un aprista, un aprista seguidor férvido y religioso de Haya de la Torre, sentía la imantación de sus palabras, que tenían un eco a Pablo Neruda y su Canto General, sentía cómo iba acercándose a uno paulatinamente.
Estuve en la Plaza de Armas desde lejos, cauteloso, y diré, crítico, cuando volvió de Punta del Este en 1967 y, entonces, una gran multitud acudió ante ese balcón que conozco bien, y Fernando, ante los aplausos dijo: “¿Por qué me aplaudes pueblo? ¿Por qué me entregas estos laureles si tú te lo ganaste?”. Era una devolución de las formas al pueblo.
Esas expresiones que sintetizaban emociones y le permitían remontarse, muchas veces sobre la adversidad, quedarán como la expresión de un hombre que columbró, estudió, calculó, pero sintió y convivió con el alma popular.
A pesar de su patriarcado arequipeño y de venir de otras tierras, Fernando comprendió nacionalmente el Perú y entonces decía escuchar un rumor, un rumor viniendo de todos los confines, de todos los valles, de las alturas, de los arenales y de los ríos, y preguntaba: “¿Qué ruido es este que se escucha? ¿Qué rumor es este de semillas que explotan de músculos que se mueven?”. Y respondía: “Es el Perú que despierta”. Es el Perú que despierta era una consigna para abrir el futuro del país.
Nosotros éramos opositores entonces, a veces conciliadores, a veces recalcitrantes, pero reconocemos que entonces Belaunde inició una profunda modernización del Perú.
Después del gobierno de don Manuel Prado, el régimen de Fernando Belaunde fue un régimen joven, moderno, un régimen que tal vez hubiera sido importantísimo de coincidir con la fuerza popular del aprismo. Estoy seguro que los seguidores, los continuadores y los pensadores de Acción Popular, así lo comprenden también. Podríamos haber hecho algo muy grande para el Perú. Estoy seguro que podremos hacerlo en el futuro.
Como homenaje a Fernando Belaunde, al cumplirse este año el primero de su fallecimiento, quiero decirles que el Instituto de Gobierno que dirijo hará, con el permiso de su familia y si nos lo brinda, una edición de los discursos y las palabras de Fernando Belaunde, porque es importante que los peruanos de hoy sepan el poder, la calidad y el nivel de los políticos que hemos tenido.
Agradezco a los organizadores, especialmente al presidente Valentín Paniagua, el haber permitido que el heredero de un adversario venga a rendir tributo a un gran amigo.
Puedo decir que a través de quien habla y tras la muerte de Haya de la Torre se selló la gran amistad que comenzó en 1945 y nunca debió terminar. A lo largo de mi mandato fueron muchas las veces que pedí a don Fernando venir a conversar, a escucharlo y en las circunstancias más difíciles y aciagas, él estuvo siempre dispuesto.
Creo que esa era una forma de hacer política que ahora nosotros debemos encontrar, esos momentos y esas circunstancias se las he expresado y contado al actual presidente de la República. Respondiendo al desafío de Lucho Bedoya, nosotros estamos siempre dispuestos a dar nuestras ideas y respaldar en lo que se ha requerido al gobierno democrático, porque en esta democracia, aunque comete errores, quien gobierne no se va a hundir. Aquí está Acción Popular y aquí está el aprismo para garantizar que no se va a hundir.
Mi homenaje y mi saludo a los hombres y mujeres de Acción Popular; mi homenaje y mi saludo a los seguidores de Fernando Belaunde, a su estela extraordinaria. Él seguirá caminando siempre en nuestras ilusiones con su bandera. Seguirá él marchando siempre a la búsqueda de un rumor que le diga que el Perú despierta; seguirá siempre Fernando Belaunde con su gesto y su señorío enseñándonos que la política debe ser tolerante, alta y grande.
En verdad les digo muchas gracias, porque no ha venido un viejo adversario, sino un amigo y un hombre que amó mucho a Fernando Belaunde.
El Perú como doctrina
Por Valentín Paniagua Corazao
Este es un acontecimiento histórico, no sólo por el escenario en que se lleva a cabo que es el Senado de la República, teatro de las últimas actuaciones políticas oficiales por parte del Presidente Belaunde como senador vitalicio, sino por la señalada circunstancia de que se han dado cita con nosotros, dos hombres que encarnan y simbolizan las realizaciones más preciadas de un demócrata que este país podía alcanzar.
Luis Bedoya Reyes, que fue el primer alcalde elegido por el pueblo de Lima al cabo de medio siglo de conculcación de los derechos ciudadanos y del derecho del pueblo peruano a elegir a sus legítimos gobernantes, cumpliendo, precisamente, aquella frase que era la voz de mando para el renacimiento de la democracia en el Perú y que Fernando Belaunde pronunciara en los tres primeros minutos de su mandato y que fue todo el tiempo que le tomó restablecer la vida democrática municipal en el Perú cuando dijo: "Los últimos serán los primeros" y convocó, de inmediato, a cabildos abiertos, en todas las capitales del distrito del Perú.
Aquí está también el presidente Alan García Pérez que asume constitucional y regularmente la presidencia de la República el 28 de julio de 1985, luego de vencer a quien presente aquí, también, don Javier Alva Orlandini que encabezara las huestes de Acción Popular. No me he referido a él al comenzar este discurso como presidente del Tribunal Constitucional, porque lo sentimos esta tarde más cerca de nosotros como el Presidente del Frente Nacional de Juventudes Democráticas. Pero la presencia del Presidente García esta tarde tiene un profundo simbolismo también democrático. Él, al cabo de 70 años, fue el primer presidente que asumía constitucionalmente la sucesión ordenada en este país, interrumpida permanentemente por las autocracias y los golpes de Estado.
A mí se me encomendó esta tarde -y no he de abusar de la paciencia de ustedes- decir unas cuantas palabras de agradecimiento a quienes participaron en este acto, en mi condición de presidente del Partido Acción Popular. Declaro, con entera franqueza, que conmovido profundamente por las expresiones que aquí se han vertido es mi obligación, tal vez, hacer algún comentario que puede no resultar superfluo.
Quiero decir, en primer término, mi gratitud. Mi gratitud al doctor Luis Bedoya Reyes que, con sus palabras y con las anécdotas que aquí nos ha traído, a veces en lenguaje festivo, ha querido presentarnos un testimonio histórico y vital, absolutamente indispensable en una hora en que la confrontación y las discrepancias ponen tanta distancia entre los actores políticos y en una hora que como ha dicho bien el Presidente García es indispensable impartir lecciones de tolerancia, de respeto y de civismo al pueblo del Perú.
A él con el que compartimos afanes y luchas en obsequio de la democracia, que bajo la alianza Acción Popular - Democracia Cristiana, libró batallas denodadas en este mismo Congreso y, fuera de él, le decimos nuestro reconocimiento por la generosidad con que ha querido honrar esta tarde la memoria de Fernando Belaunde.
Al doctor Alan García Pérez, que nos ha traído una riquísima glosa del pensamiento de Fernando Belaunde podríamos decir un poco festivamente pero con enorme afecto: Ha sido, por cierto, usted un aprovechadísimo discípulo de quien fuera un gran caudillo, como Fernando Belaunde.
Y ahora, permítaseme, hacer un comentario. Decía el doctor Luis Bedoya Reyes, que él no entendía y que nadie había podido explicarle el Perú como Doctrina, y que él percibía que la gente en el Perú sentía y vivía eso que Fernando Belaunde llamaba el Perú como Doctrina. Tal vez no ha reparado que eso es precisamente una doctrina: una convicción y un sentimiento capaz de mover voluntades, capaz de expresarse en la solidaridad, en la alegría de la creación colectiva, en lo que Fernando Belaunde llamó la Ley de la Hermandad que no es otra cosa que la ley laica de la caridad cristiana.
A él que es un social cristiano podríamos decirle: El Perú como Doctrina es el Perú con sus tradiciones ancestrales, con sus costumbres y sus usos recordándole al mundo moderno y occidental que, por encima y más allá de las creaciones de la ciencia, el hombre, para convivir necesita solidaridad, el hombre para sobrevivir necesita generosidad, el hombre para convivir necesita ética, y por eso resulta tan importante el tríptico moral andino que hemos recordado siempre: veracidad, honestidad y laboriosidad. Eso es el Perú como Doctrina.
Se ha hecho esta tarde interpretación certera y justa del pensamiento de Fernando Belaunde, no solamente en su capacidad de percepción de las ilusiones más profundas del pueblo del Perú y en su acierto genial de recoger los legados históricos de nuestra Patria. Se ha destacado, con justicia, cómo en Fernando Belaunde la pasión creadora y de la obra pública no es la ambición egoísta del hombre político que pretende perpetuarse en la obra como monumento a su vanidad personal, sino en la entrega devota del servidor, del primer servidor de la República en obsequio de pueblos necesitados para satisfacer las necesidades urgentes también e impostergables del pueblo.
Él hizo de la obra pública un instrumento para exaltar y para mejorar la vida de un pueblo en cuyas necesidades pocas veces los gobernantes repararon. Nadie como él, recorrió los caminos de la patria para conocer la miseria, el hambre, la desesperación; pero también la fe y la esperanza del pueblo del Perú.
Porque Belaunde comprendió perfectamente la necesidad profunda de nuestra patria, su obra aparece siempre identificada con el pueblo mismo. Por eso, él podía decir -como lo dijo- sin atribuirse el mérito de su realización: "El pueblo. El pueblo lo hizo".
Ésta es una hora, por cierto, dramática y difícil. Nos sorprende este 4 de junio en una circunstancia en que la memoria y la presencia de Belaunde deben servir de reflexión y meditación al Perú. La patria requiere el concurso de todos. Nosotros, en Acción Popular jamás rehusaremos nuestra participación -como estoy seguro ningún demócrata ni peruano genuino lo hará- para robustecer y sostener el actual sistema democrático.
Permítaseme recordar alguna propuesta que hemos hecho recientemente en obsequio precisamente de la memoria del presidente Belaunde. Hemos dicho que la experiencia que hoy vive la patria debe hacernos pensar seriamente respecto a que, en el porvenir inmediato, tenemos que hacer un esfuerzo extraordinario todos los grupos políticos para encontrar un consenso mínimo que permita a nuestros gobernantes, en el futuro, mantener la estabilidad, la paz y, asegurar así la prosperidad del país. Eso significa, por cierto, la declinación de apetitos de grupos o circunstanciales.
Significa, desde luego, un compromiso y un renunciamiento decidido a cualquier pretensión sectaria y a la búsqueda de una concordancia generosa en obsequio de los intereses superiores de la patria. En lo que a Acción Popular concierne, si es necesario hacer ese sacrificio, jamás dudará ni titubeará. El pueblo del Perú puede tener la absoluta certidumbre que estamos dispuestos a marchar a cualquier fórmula de concordancia actual y futura que le asegure al Perú con la libertad, a que el pueblo del Perú tiene derecho, el bienestar a que igualmente aspira con tanta legitimidad.
Quiero expresar nuestro reconocimiento profundo a todos los que han participado en esta tarde en este acto. Quisiera hacerlo recordando también que la muerte y el alejamiento físico de Fernando Belaunde no lo ha alejado ni del corazón de los militantes del partido, de los que aquí están y de los que, desde fuera, siguen con enorme emoción y devoción esta emocionante ceremonia, sino que particularmente de los buenos peruanos que amaron y quisieron a Belaunde y que vieron en él un símbolo patriarcal y del que aprendieron eso que justamente ahora se ha destacado: La tolerancia.
A todos ellos quisiéramos decirles con las palabras del propio Belaunde, que nuestra presencia en esta tarde quiere ser un esfuerzo por la trascendencia y presencia permanente de su mensaje, de su mensaje de paz, de solidaridad, de unión, de concordancia nacional.
Decía el Jefe y fundador de Acción Popular: "Dijeron que no nos permitirían pisar tierra peruana y aquí estamos. Creyeron que el jornal del mercenario eliminaría la acción del militante y aquí estamos. Pretendieron amedrentarnos olvidando que el miedo nunca empañó a nuestras huestes y aquí estamos. Fueron generosos con la injuria y mezquinos con la verdad y aquí estamos. Estamos aquí prendidos de nuestras raíces ancestrales para decir a propios y a extraños que jamás permitiremos que nos arrebaten nuestra patria. Aquí estamos y estaremos en el vigor de la vida o la quietud de la muerte”.
¡Aquí estamos los miembros de Acción Popular para testimoniar nuestra devoción y nuestro recuerdo permanente por Fernando Belaunde!